agosto 13, 2014

LAS MUJERES INGLESAS DE LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

Los pies de las inglesas son de enorme magnitud; y tan lejos está de éste ser un defecto en las damas, que las que no los tienen de forma tan gigantesca están expuestas a la censura pública. Cuando vino de Prusia a casarse a Londres la que hoy es Duquesa de York, observó la Corte, con mucho sentimiento, que tenía los pies chicos; se habló en los papeles periódicos de esta notable falta, y se hizo mucha burla en coplas y caricaturas, que salieron entonces, de la pequeñez intolerable de su pie. Y ¡nos admiramos que en el Senegal y en Congo se llamen feas las aguileñas, y que se queden para tías las que no son más negras que el hollín! Lo que es hermoso a los ojos de un hotentote, podrá ser horrible a los de un lapón; un persa y un apache seguirán opinión distinta en puntos de belleza física, disputarán eternamente sin entenderse, y todos tendrán razón. Las ideas de proporción y hermosura en las formas tienen su tipo original en la naturaleza; y como ésta es capaz de una variedad increíble en los diferentes climas y países del mundo, necesariamente deberán ser opuestas las opiniones de los hombres acerca de ellas. Pero volvamos a los pies de las inglesas.

Las mujeres de este país no reciben una educación tan atada como las nuestras; se crían con más libertad y holgura; saltan y corren, y así se forman y robustecen cuanto es necesario, según las facultades y el temperamento físico de cada una. No teniendo en su niñez aprisionados los miembros, ni angustiado el ánimo, se hacen altas, fornidas y bien dispuestas, y el pie, en su crecimiento, participa, como las demás partes del cuerpo, de los privilegios de esta libertad. Así vemos entre nosotros que las marmóreas vizcaínas, que pasan su vida en el campo, subiendo y bajando, desclazas de pie y pierna, por la aspereza de sus peñascos, tienen los pies más grandes que las señoritas tísicas de Madrid, que bajan al Prado rezumándose los domingos delante de mamá, y se vuelven a toda prisa con sus piececitos invisibles, antes que anochezca, para que no las acorche el sereno. Los pies de las españolas parecen más pequeños todavía de lo que son, por la estrechez de los zapatos, donde están los dedos unos sobre otros, en continuo martirio; a que se añade la posición violenta que dan los tacones, haciendo doblar el pie por el nacimiento de los dedos y levantándole de talón, todo lo cual le da un escorzo que en la apariencia le amenora. Las inglesas ni calzan ajustado ni gastan tacón.

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Los franceses son más habladores que los españoles, y éstos más que los ingleses. En los paseos y concurrencias públicas se echa de ver la taciturnidad de esta gente. Algunas veces se ve en un café, cuyas mesas están todas ocupadas, donde comen y beben en compañía, que, o no hablan, o hablan en voz baja, como si tuvieran miedo de ser oídos; muchas veces solo se percibe el toser y escupir, o el ruido de las botellas. Pero aún es más notable esto en aquellos parajes donde se junta un gran concurso de hombres y mujeres: siendo ellos todos jóvenes, y ellas todas p......, beben ponche ellos con ellas, se dicen flores, se agarran de los brazos, se pasean sin cesar por el salón, con una honesta frialdad que sorprende, pero en cuanto al ruido, es tan corto el que se percibe, que no puede menos de causar admiración al que por la primera vez lo observa. Si en España se permitiera tales reuniones, ¡qué trisca andaría, con solo un par de docenas de señoritos madrileños y una docena no más de malagueñas o gaditanas!

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El adulterio no es de aquellos delitos que castiga de oficio la justicia pública. Si el marido se declara ofendido, y lo prueba en debida forma, el adúltero paga una multa proporcionada a su fortuna, que algunas veces suele ascender a sumas muy considerables. Esta cantidad se le entre al c......do en recompensa del honor perdido; pero a la mujer no se la castiga de ningún modo, ni es consiguiente la separación a la infidelidad. Así se ve que después de concluida una de estas causas, habiendo cobrado el marido lo que le toca por sus......, prosigue viviendo en paz con su mujer. Si no anduviera dinero de por medio, podría esto llamarse sublime filosofía, generosidad, virtud; pero  ocurriendo esta circunstancia, me parece poco honor. De aquí debe inferirse, y los ejemplos lo confirman, que muchas veces un adulterio no es más que una especulación, concertada muy de acuerdo entre marido y mujer, para despojar a un gran señor o a un comerciante opulento de una porción considerable de guineas, y socorrer por este medio las necesidades de su familia. Las causas de adulterio se imprimen en los papeles públicos, y además salen libritos de ellas, donde se expresan todas las circunstancias y pruebas del caso, con los nombres de los interesados y el retrato de la señora, para mayor instrucción y deleite de los lectores.

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Es cosa particular ver en los espectáculos y los paseos a los canónigos, deanes, arcedianos u obispos ingleses con sus grandes pelucas, muy graves, rollizos y colorados, llevando del brazo cada cual de ellos a su mujer, y delante tres o cuatro chiquillos o chiquillas, muy lavaditas, muy curiositas y muy alegres. Una mujer que llega a obispar puede considerarse por una mujer feliz. ¡Qué satisfacción, ver todo un pueblo postrado a los pies de su esposo, pendiente de su palabra, instruido por su doctrina, dirigido por sus consejos! ¡Qué vida muelle y regalona no ha de gozar en su compañía!

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Los ingleses gustan mucho de andar a caballo: los días festivos salen al campo a pasearse, y el que no tiene caballo propio, le alquila. Ya se conocen en España las sillas inglesas: el traje propio de un inglés que sale a correr consiste en un chaleco ajustado, unos calzones de ante muy largos, unas botas y una gorra de correo. Así se presentan también a las corridas de caballos que frecuentemente se ejecutan en este país. Estas se hacen en una llanura, donde se forma un gran círculo de estacas clavadas a trechos: hecha la señal, parten a un tiempo los competidores, y en pocos minutos corren circularmente muchas millas, luciendo igualmente en esto la resistencia y ligereza de los caballos y el arte de los jinetes: el que llega antes al puesto, según las vueltas en que han convenido, es el vencedor. Estos juegos atraen mucho concurso, y corre mucho dinero de unas manos a otras, por las apuestas de los que compiten, y las traviesas de los apasionados. Los ingleses no hacen buena figura a caballo: en el paseo son desgarbados y sin gracia, y hacen movimientos, que más parecen que ellos llevan el caballo, que no el caballo los lleva a ellos: en la carrera, como solo se trata de correr, es disculpable verlos echados sobre el cuello del caballo; le aplican la espuela de cuando en cuando, y corren con increíble velocidad. Los caballos son zanquilargos, enjutos y rabones.

Esta afición a cabalgar no está solo reducida a los hombres; también las damas toman sus lecciones de picadero, y van a pasearse a caballo a los parajes más concurridos. No montan a horcajadas, sino a mujeriegas; llevan sus vestidos de caza, sus botas, su sombrerillo con plumas, que tiemblan al movimiento del caballo, audetque viris concurrere virgo. Pero perdónenme las inglesas: una mujer sobre un caballo no parece bien: cuando su sexo se nos presenta robusto, rígido y feroz, como en este caso, desaparecen la delicadeza y la timidez, que son los signos que le caracterizan. La mujer que gusta de domar caballos, despídase de enamorar corazones: toda acción de fuerza es extraña en ellas, y en tanto son amables, en cuanto nos parecen débiles. Así, por el contrario, cuando a un hombre nacido para los ejercicios robustos de su sexo, se le ve en la flor de su juventud, endeble y afeminado, metido entre los cristales de un coche se hace indigno del cariño de una mujer. Sean ellas hermosas, sensibles, tímidas y delicadas; éstas son las armas que la naturaleza les concedió; nosotros, endurecidos en las fatigas, vencedores de las fieras y los elementos, cedamos solo a unos ojos y a una boca  que sonríe suavemente, a cuya violencia deliciosa no hay corazón que no se rinda. Tal es su destino, tal es el nuestro.

No diré lo mismo de las inglesas que se ven continuamente en las calles y en los paseos dirigiendo un birlocho con dos caballos, porque no es aquélla una acción de fuerza viril, sino de inteligencia y destreza, ayudada por el arte. Una dama hermosa que atrae los ojos del concurso desde aquella altura, donde se la ve dirigir con fácil impulso dos caballos, que ceden a la rienda, y en presta carrera burla la atención curiosa que la sigue, no es una mujer, es una deidad que se presenta a los hombres en carro de triunfo. Nada se ve en ella que anuncie la fatiga o el peligro: su hermosura la hace poderosa; y así como enamora los ánimos con su vista, así sujeta la ferocidad de los brutos al imperio de su voz.



APUNTACIONES SUELTAS DE INGLATERRA
Leandro Fernández de Moratín
Año 1792

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