agosto 14, 2014

EL TRANQUILO JORDI PUJOL AL OTRO LADO DEL RÍO TER

"Señoras y señores diputados, y en nombre suyo, pueblo de Cataluña: les propongo que juntos construyamos Cataluña. Ahora es el momento de hacerlo. ¡Vamos, manos a la obra!

... a partir de los dieciséis años no solamente "soy" sino que además "hago" y me convierto en un hombre que actúa, un patriota que trabaja a favor de Cataluña.

En mi exhortación inicial, el "soy" individual quedaba atrás y se imponía el plural "¡vamos allá!". "Soy" y "¡vamos allá!": dos palabras que en catalán se expresan con dos formas de un mismo verbo, "sóc" y "som-hi", que el genio de la lengua matiza. La primera es el "ser" del yo. La segunda es el "hacer" de la colectividad.

Había llegado el momento de edificar "la ciudad de ideales"...

... el proyecto de "construir Cataluña" que acabaría inspirando los casi veinticuatro años de gobierno, un proyecto que hoy, una vez retirado de la política activa, sigue siendo mi guía política y vital.

Me sustentaba la fuerza de tener un país en la cabeza, y un proyecto para este país amasado con una mezcla de humildad y de magnanimidad. Conviene recordar que magnanimidad no es solamente la cualidad de las buenas personas, sino que tiene el sentido de un propósito: emprender proyectos grandes y ambiciosos, una opera magna. Si bien era consciente de la limitación personal, tenía fe en la fuerza intrínseca de nuestro pueblo.

De entrada definí a Convergència i Unió como una fuerza de centroizquierda. El nacionalismo no puede ser de otra manera. Nuestros adversarios nos han tachado siempre de conservadores, en parte para perjudicarnos dando de nosotros una determinada imagen y, en parte, porque creen que lo somos. Para ellos solamente existe la derecha y la izquierda, y les cuesta entender que el proyecto político de un partido nacionalista ha de tener en cuenta a todo el país, o la mayor porción de país posible. Un partido nacionalista, o simplemente nacional, ha de ser el "pal de paller" (palo de almiar, rol del partido), el eje vertebrador, y Convergència lo era desde el momento de su fundación. Además, no podía decirse que fuese de derechas un partido que había inspirado parte de su programa en Suecia. Ni se puede seguir diciendo ahora, cuando es observable la obra realizada durante más de veintitrés años.

Si ustedes nos votan, votarán una determinación: la de construir un país, el nuestro. Votarán la voluntad de defender a un país, el nuestro, que es un país agredido en su identidad. Votarán una ambición: la de hacer de Cataluña no un país grande por su fuerza material, que será siempre limitada, sino un país grande por su cultura, su civismo y su capacidad de convivencia.

Es un programa que ha sido redactado teniendo en cuenta la recomendación que nos hizo un gran compatriota nuestro, Pau Casals, cuando decía que los catalanes hemos de defender nuestros derechos, pero sin olvidar jamás nuestros deberes.

Las palabras de Pau Casals han sido una constante mía desde siempre y hasta ahora mismo, cuando el equilibrio se ha roto y cada vez se habla más de derechos y menos de deberes. No sé si siempre he estado a la altura de esta convicción, pero es la mía y me gustaría poder decir que me he acercado mucho a ella.

Al final me comprometí a proteger firmemente el prestigio y el respeto que debe mantener la institución de la Generalitat. Y como el presidente Josep Tarradellas siempre había dado mucha importancia a estas actitudes, enlacé una cosa con otra y hablé de él:

No puedo terminar sin referirme con especial reconocimiento al hombre que restauró hace tres años la Generalitat de Cataluña, que aseguró con ello la continuidad histórica de la Generalitat y que ha contribuido más que nadie, con la colaboración de algunos de nosotros, a crear la Generalitat provisional durante este tiempo. Desde una actitud de modestia personal debo decir que no aceptaré nada que pueda desmerecer, reducir o perjudicar el prestigio de la institución de la Generalitat. Con una finalidad: transmitir a quien me haya de sustituir una institución respetada y fortalecida en esta larga continuidad de los 114 presidentes que la Generalitat ha tenido hasta hoy.

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Cuando veintitrés años después dejé la presidencia de la Generalitat, me propuse seguir trabajando en favor de las ideas, los valores y las actitudes que un país ha de cultivar para poder avanzar. Utilizando las iniciales de estas tres palabras, a eso le llamo el IVA, que en este caso es mucho más que un valor añadido de tipo económico. También me refiero a ellas, ordenándolas de otra manera, como VIA, porque marcan un camino. Es la actividad a la que ahora me dedico, siguiendo unos planteamientos que me había marcado siendo muy joven y que en aquel discurso parlamentario inicial tuve muy presentes.

Presidir un gobierno no me resultó tan difícil, después de todo. Hay que tener en cuenta que unos años antes yo había dirigido un grupo bancario, un organismo muy complicado que, igual que un gobierno, te obliga a estar atento a muchos centros de interés: a una autopista, a una petroquímica, a una cooperativa, a una inmobiliaria, al turismo, al precio del cobre o a si hace demasiado calor en verano y demasiado frío en invierno. A menudo los consejeros tenían que darme explicaciones sobre obras públicas, sobre sanidad, sobre medio ambiente o sobre cultura, pero mi formación generalista me ayudaba a entender los problemas y a situarlos. Al frente de aquellos equipos tan competentes yo había de centrar las ideas básicas, procurar por la unidad de criterio y la actuación homogénea. Con la ventaja de que todos los consejeros me reconocieron siempre la autoridad.

Las manifestaciones de protesta han de tener lugar en la plaza de Sant Jaume, frente al Palau de la Generalitat. No debe incomodaros que la gente venga aquí a abuchearnos ni tampoco que nos reciba con protestas cuando visitemos los barrios o el territorio. Significa que la gente cree que tenemos poder para resolver sus problemas. Lo malo sería que fueran a manifestarse delante del Gobierno Civil.

Haremos grandes cosas, cosas importantes, repetía, pero ahora, de momento, no tiremos las migajas. No construiríamos el país solamente a base de migajas, pero sí con la mentalidad de ir a por todas, de salvar el hoy precario manteniendo al mismo tiempo vivo el proyecto estimulante y ambicioso de futuro.

El mérito es de todos los diputados que en un momento u otro han formado parte del grupo y del modo de ser de CIU, pero es justo subrayar el papel muy principal que tuvo en ello Miquel Roca con su inteligencia, su preparación jurídica, su habilidad y su coraje.

Yo soy un nacionalista catalán que no quiere ser castellano. Que si para ser español ha de ser castellano, no quiere ser español.

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Pocos días antes, el domingo día 7 de noviembre 1982, el papa Juan Pablo II había venido a Cataluña en un viaje en el que yo había depositado esperanzas. pensaba que el contacto directo ayudaría a hacer entender Cataluña a una personalidad de tanta significación espiritual, social y política. Pero el viaje coincidió con unas lluvias torrenciales y el papa tuvo que llegar a Montserrat, punto central y simbólico de la visita, en coche en vez de helicóptero y en medio de una espesa niebla. No pudo ver nada. Por este motivo, o por lo que fuera, tampoco entendió nada. Le saludé, le hice entrega de unos obsequios y mi esposa y yo hablamos con él tres minutos. Cuando entrábamos en a basílica, Marta, que ya me había acompañado a Roma, se puso a llorar y me dijo. "Este hombre no nos entiende, este hombre no nos quiere".
Bajando de Montserrat vi que la lluvia había provocado la caída de una gran roca sobre la carretera. Dos chicas gerundenses de diecisiete y dieciocho años que volvían del monasterio quedaron sepultadas ahí. Supe después que las inundaciones habían provocado al menos ocho muertos más en Cataluña.

Igualmente, nueve días antes de la apertura de la exposición había estallado la crisis de Banca Catalana, que aparte de producirme un gran dolor personal era un hecho muy negativo para el país.

Y además, el 28 de octubre anterior, el PSOE había arrasado en las elecciones españolas. Teníamos que contar, por tanto, con la existencia de una mayoría absoluta que se presenta muy hostil con nuestro gobierno y con Cataluña.

¿Qué entiendo por participación? Entiendo que Cataluña nunca ha participado de lleno, y nunca ha participado como las restantes partes de España, ni en el vivir colectivo ni en las responsabilidades colectivas de España. Es decir, no ha participado ni de lleno ni de la misma forma.
Esto no es fruto -o por lo menos no lo es en gran parte- de la mala voluntad de nadie. Es fruto de la Historia. Es fruto de que por su génesis y por toda su posterior evolución Cataluña ha desarrollado una personalidad muy diferente de la del resto de España. Habría que analizar esta con más profundidad de lo que solemos hacerlo. Por esto os decía que solo secundariamente la cuestión catalana es de naturaleza política.

A su manera la gente lo ve y se da cuenta de ello. Y cunde el desencanto. De momento esto queda en parte compensado por el bienestar, el enriquecimiento, el consumismo de muchos. Además, es cierto que en muchos aspectos Cataluña va bien. Por lo tanto yo podría muy bien encerrarme, y encerrar al país, en una especie de torre de marfil e ir tirando, esperando que algún día la Historia nos depare una nueva ocasión. Pero no es este mi talante. Debiéramos intentar hacer algo que represente históricamente un progreso real, no simplemente haber administrado un paréntesis propiciado por la coyuntura.


Lo que no había previsto y realmente me sorprendió y me conmocionó política, personal y éticamente fue la presentación de la querella contra mí y veinticuatro directivos más de Banca Catalana en mayo de 1984. Pero antes de aquel hecho que condicionaría tantas cosas tenía que producirse la primera mayoría absoluta de CIU.

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A pesar de lo reducido de los medios de que disponía la Generalitat, a nadie se le ocurrió que las ayudas tuvieran que ir a pedirse a Madrid. Lo que hubiera que reclamar a Madrid había de hacerse a través de la Generalitat de Cataluña. La Generalitat actuó como gobierno y se cumplió lo que yo quería: las protestas y las peticiones de ayuda tenían que hacerse en la plaza de Sant Jaume.

Esta actividad, y la que detallaré más adelante en el capítulo dedicado a la obra de gobierno, fue la causa de nuestro triunfo de entonces y de nuestros triunfos sucesivos. Una actividad basada en la ilusión de construir un país.

Pero las victorias no son solamente mérito del ganador. PSC, aquel partido al que todos los pronósticos habían dado como vencedor en 1980, no aportó ni entonces ni más adelante una alternativa a nuestra acción de gobierno, ni supo aparecer a los ojos de la gente como un buen defensor de Cataluña.

Madrid, el PSOE pesaba sobre ellos, los marcaba, los condicionaba. Y la gente lo veía.

Los socialistas no han tenido un proyecto de país y creo que siguen sin tenerlo. Hablaban de la conveniencia de la alternativa a nuestro gobierno, cantaban: "Visca, visca, visca, Catalunya socialista!", creaban instituciones y equipamientos paralelos a los nuestros como un contrapoder, pero nunca han tenido un programa sólido y capaz de generar entusiasmo, un programa que se pudiera confrontar con el nuestro. Solamente Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con la idea de la independencia, después mal administrada, dijo una cosa nueva, ilusionante, a la que mucha gente se enganchó.

Se nos acusaba, a mí y a veinticuatro personas más, de haber pagado extratipos a través de la caja negra del banco y de tener autocartera. Todos los bancos habían pagado extratipos en aquella época, todos tenían autocartera. Era tan normal que algunos bancos ni lo ocultaban, sino que a la hora de presentar los balances explicaban los beneficios que habían obtenido gracias a la autocartera. Todavía lo siguen haciendo. Como máximo, eran prácticas que podían recibir la consideración de faltas administrativas.

Como puede Vd. ver, en esta ocasión no pretendo hablar principalmente de temas concretos, sino del meollo de la cuestión. Realmente, ¿qué clase de Autonomía va a haber es España?¿Cuál va a ser la Autonomía catalana? La personalidad diferenciada de Cataluña dentro de España, ¿Cómo quedará finalmente reconocida? Y por supuesto, ¿cómo puede Cataluña incrementar su aportación al quehacer común español?

He explicado antes que en la crisis de Banca Catalana yo había asumido el papel de perdedor. Lo que no podía aceptar ahora es que me tildasen de ladrón, que quisieran meterme en la cárcel y que intentasen destruirme política y personalmente. Un día le dije a alguien: Creo que he estado preparado para todo en esta vida menos para el deshonor. Puede parecer una afirmación petulante, pero me da igual que lo parezca, porque es verdad. 

Tengo un acusado sentido del honor. No hace mucho una persona socialista que me tiene simpatía, que había leído el primer volumen de estas Memorias y que por su profesión conoce en qué consiste un interrogatorio de los llamados "a por todas" me preguntó: Jordi, ¿por qué dejaste que la policía te pegara y te torturara aquella noche en la Via Laietana si sabías que no podías aguantar? Le contesté: Para ganar tiempo y para que mi mujer pudiese avisar a quien tenía que avisar, y añadí: Y por honor.
El lector no debe sorprenderse. El libro que escribí en la cárcel, Des dels turons a l´altra banda del riu, constituye una apelación constante al honor.




MEMORIAS (1980-1993)
Jordi Pujol

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