agosto 18, 2014

LA CRISIS DE LA MEDIANA EDAD

El hombre empieza a cuestionar el énfasis que puso en su trabajo como manera de proporcionar significado y satisfacción a su vida.

Dado que la vida de la mujer se ve complicada por una mayor variedad de roles, sus crisis sobrevienen a diversas edades e involucran tanto relaciones personales como frustraciones profesionales.

Los hombres y las mujeres desilusionados pueden pensar en cambiar de pareja o de profesión. Pocas personas piensan en cambiar ellas mismas.

Cuando la insatisfacción es grande y la libertad es poca, comenzamos a sentirnos como animales enjaulados.

Para otros, el descontento es más específico y puede estar centrado en una carrera estancada, un matrimonio infeliz o la sensación de que la fuerza física está declinando.

Los hombres, a medida que envejecen pierden su atractivo físico y dudan de su destreza (atlética y sexual).

Las mujeres en nuestra cultura orientada hacia la juventud, sienten que su valor y su calidad de deseables están en juego. Los sueños de las mujeres -por ellas y acerca de ellas- siguen siendo moldeados por las percepciones masculinas. Sugieren que ser bonita es lo que cuenta y que el atractivo juvenil es lo que más importa.

Dos prerrogativas de la juventud, ser prometedor y ser respaldado, se pierden en la mediana edad. De aquella persona que es valorada a los veinticinco años por tener un gran potencial se espera que algún día cumpla. En la mediana edad, el ser prometedor ya no es suficiente.

Por lo general los supervisores y los jefes están dispuestos a actuar como figuras paternas de los empleados más jóvenes, dándoles tiempo y libertad para cometer errores, a cambio de respeto y lealtad.

La muerte real de un padre, por supuesto, es un signo claro y dramático de que una persona ya no es un niño o una niña y de que ahora está verdaderamente sola.

Muchas personas, además de estar perdiendo la dependencia con respecto a sus padres, pierden también la categoría junior en el trabajo.

A LA MEDIANA EDAD la mayoría de las personas se sienten cada vez más atrapadas en una vida vacía, aburrida e insípida. También se debe a la conciencia de que la muerte es inevitable.

Las pérdidas o incluso el cambio de empleo, la separación, el divorcio involucran elecciones conflictivas y dañan la autoestima.

Debido a que las vidas de las mujeres se ven más complicadas por sus múltiples roles, sus crisis son más variables que las de los hombres.

Algunas personas al cumplir la mediana edad reaccionan con una orgía de autoindulgencia. Asustadas por los síntomas de la vejez, pierden interés en el bienestar de los demás y buscan por todos los medios posibles prolongar su juventud.

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La edad adulta es un período de muchas tareas que ordenan los días de nuestras vidas.

Una de las grandes frustraciones de la vida es pensar en todos los intereses para los cuales no hay tiempo.

Una persona puede postergar el matrimonio y tener hijos por una profesión o por problemas para intimar con la pareja ideal o por no tener suerte en la codependencia del amor.

La estructura preliminar de la vida a los veinte ya necesita modificaciones a los treinta.

Los bebés no nos van a dejar dormir, lucharemos otra vez con los conflictos familiares y seguiremos las batallas con nuestros cónyuges e hijos mayores. Tendremos poco tiempo de reaccionar para una nueva evaluación o ajuste. Los adultos jóvenes no saben ni hacia dónde se dirigen.

Uno puede ser más dulce en la madurez, dispuesto a dejar las cosas como están, menos inclinado a los pleitos de autoridad, un personaje más importante en el trabajo lo que implica más dinero y respeto. Viendo menos mujeres por la calle que tenga que tener y con un mayor goce y amor en la cama que antes. En conjunto no está mal. Parece que ha llegado a un acuerdo con su vida. Le gusta tener 47 años.

En la práctica esto significa reducir progresivamente algunas ambiciones, aceptar ciertos límites y también vigorizarse por las cualidades recuperadas que habían sido negadas al comienzo de la edad adulta.

Si en el matrimonio joven uno era muy masculino y la otra muy femenina, y separados eran de una sola dimensión e incompletos, ahora en la mediana edad es posible lograr una integración más equilibrada.

Las mujeres que aprovechan la nueva moralidad para abandonar a sus esposos se chocan contra la dura realidad laboral (hijos a cargo, discriminación sexual...). Y el divorcio desencadena por lo menos dos crisis: Además de la evidente separación física, el cónyuge que abandona cosechará una amarga cosecha de conflicto y culpa, y el que es abandonado a menudo sufre una pérdida grave de autoestima.

A la mediana edad los cónyuges se han infligido presiones uno al otro. El quiere que ella vuelva a trabajar para ganar más dinero sin desatender la parentela y los hijos, y ella quiere que él "concrete todas sus posibilidades" o sea ganar más dinero, o que desarrolle su lado más blando y se haga cargo de las tareas de cuidar a los niños y de la casa.

Amar a la gente significa amarla por lo que es; al punto en que la amemos no necesitamos que cambie. No hay nada incorrecto o innoble en querer que alguien cambie, mas la verdad es que cuando queremos que alguien cambie estamos motivados por alguna necesidad personal y proyectando nuestra experiencia pasada en ellos.

La duración de vida del individuo es parte del ciclo vital de la familia y es imposible comprender por completo el desarrollo individual sin tener en cuenta el contexto familiar.

Aquéllos que ni pueden admitir la debilidad ni aceptar su lugar en un sistema más amplio que ellos mismos luchan en vano contra los efectos de la vejez.

Algunas personas no tienen crisis. Mas por cada uno de ellos existen muchos que tienen una crisis fuera de época o que confunden una crisis de desarrollo con algo completamente distinto. La mayoría reaccionamos a la ansiedad en forma automática. En lugar de contener dichos sentimientos el tiempo suficiente como para saber de dónde provienen, actuamos para desechar los primeros sentimientos de inquietud.

Nuestros interiores -nuestras verdaderas personalidades- nos son extraños (los adultos jóvenes abandonan la búsqueda del alma). Concentrados en la vida inauténtica fijamos nuestras miradas firmemente en el panorama exterior. En la mediana edad se da el descubrimiento de los dilemas interiores no resueltos.

Las personas que se apresuran a entrar en el comienzo de la edad adulta tienen la posibilidad, en la madurez, de descubrir un potencial oculto para la realización propia.


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Los asuntos humanos se ven siempre influidos por las condiciones económica según teóricos desde Marx hasta Keynes. La inflación, la recesión y el desempleo han causado crisis personales a miles de hombres y mujeres y han agravado los problemas existentes de miles de personas más.


Acobardados por el miedo al desempleo, muchos adultos se sienten atrapados en empleos que ya no satisfacen sus necesidades. Sus propios miedos al cambio se ven agravados por la disminución de opciones. Debido a que es dificultoso encontrar un empleo, muchos se aferran a trabajos deprimentes e inútiles.

Frustrados en el trabajo, consideran la posibilidad de descargar la energía en algún otro lugar. Mas la realidad financiera hace que sea difícil relajarse del trabajo excesivo y aún más difícil poder costear diversiones. Ser pobre pero feliz es una noción romántica de la juventud. Los adultos de mediana edad son más propensos a ser pobres y desgraciados.

Con más edad y menos flexibles ahora, las parejas se ven muy presionadas por la necesidad de renegociar temas financieros. Cuando deseaban pensar en otras cosas, el dinero, una vez más, se convierte en motivo diario de irritación.

El divorcio empeora las condiciones económicas, no importa cuáles sean los beneficios emocionales. Si los aprietos económicos son graves, los beneficios psicológicos se cancelan.

Ahora cuando un esposo de cuarenta años vuelve a casa, tal vez su esposa todavía está trabajando. Cuando ella llega a casa, los dos necesitan que se los mime un poco. Desafortunadamente, en muchas familias de dos sueldos no hay suficiente dinero para ir de paseo. Un poco de tensión une a las parejas; se unen y luchan como un equipo. Pero cuando la tensión es grande se convierte en divisoria. La división tradicional de los roles, donde los hombres trabajan y las mujeres educan puede haber sido injusta, pero sí creaba estabilidad en la pareja y seguridad en los niños. Cuando los dos padres trabajan, los niños deben dejarse al cuidado de parientes, niñeras o en guarderías infantiles. Las madres se preocupan por la calidad de dicho cuidado, mientras que los esposos las critican porque trabajan, o pierden respeto por ellos mismos por necesitar el ingreso extra. Cuando los padres que trabajan vuelven a casa al finalizar el día, están cansados y a menudo con mucho estrés. Lo que más quieren es relajarse. Pero es difícil relajarse si hay niños deseosos de su atención. Como consecuencia las interacciones familiares a menudo son cortas y tensas; y la actividad favorita (la tele) es pasiva.

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En lugar de reorganizar nuestra forma de vida, hacemos lo que siempre quisimos hacer: romper la monotonía con novedades. ¡Y qué otro lugar más excitante para hallar novedades que el dormitorio!

En la mediana edad las parejas se copulan más por hábito que por deseo. Algunos tratan de animar sus vidas sexuales agregando romance y novedad, o desean que su cónyuge lo haga, a menudo se espera que solo las mujeres sazonen la vida matrimonial. Las revistas como Cosmopolitan promueven la seducción como medio de conseguir poder en las mujeres solteras y de conservarlo en las mujeres casadas. Las canciones folklóricas (escritas desde el punto de vista del hombre) advierten a las mujeres que no deben dejar que los hombres se descarríen, manteniéndolos felices en la cama. Pero existen límites para la excitación que nos produzca el mismo cónyuge después de quince o veinte años. Esto explica el efecto fascinante del sexo con una persona extraña. Estas uniones no son predecibles como las que se realizan por hábito, y el sexo con un nuevo compañero o compañera nos ayuda a olvidar que estamos envejeciendo.

Una de las fuerzas persistentes detrás de las aventuras extramatrimoniales es la necesidad de apuntalar una autoimagen vacilante. Dado que la mediana edad es una época de desilusiones, nada alivia tanto el espíritu como el amor de alguien que nos hace sentir especiales. A menudo ese alguien es una persona nueva.

El matrimonio con miembros sin encanto. Los miembros sin atractivo. El matrimonio como una relación cerrada.

Nos guste o no, el atractivo físico es un factor importante que determina los sentimientos de autoestima.

Cuando las barreras de la conciencia están bajas o la necesidad de seguridad, alta, algunas personas tienen amantes, y utilizan el sexo en forma defensiva para probar su capacidad y su calidad de deseables. Necesitan las caricias de sus amantes para calmar su propio yo.

La confianza en el matrimonio se basa en forma implícita en la monogamia; por lo tanto, el adulterio amenaza la estabilidad del matrimonio y de la familia.

A pesar de la mitología cultural de la incontrolable sexualidad masculina, son las mujeres, por supuesto, quienes pueden tener múltiples orgasmos y están capacitadas físicamente para copular innumerables veces sin cansarse. En la actualidad, las mujeres tienen una mayor tendencia a afirmar sus propios derechos a la satisfacción.

Algunas feministas radicales norteamericanas llegan a afirmar que la mujer que se compromete con un hombre contribuye a su propia opresión y que el matrimonio tradicional es semejante a la esclavitud.

La relación sexual no era lo que ellas querían en realidad. Lo que más valoraban era abrazar, estar cerca y las palabras tiernas (que probablemente les faltaban).

Al principio eran solo amigos. Mas cuando ella hablaba él escuchaba; no como Jerry, que la escuchaba por obligación, con la mitad de su atención, sino con un interés palpable en lo que ella tenía que decir. Con Mark se sentía viva, completamente.

Antes de que hubiera terminado de pensarlo, él tomó la iniciativa y ella olvidó sus reservas.

Mientras que los hombres tienden a tener un motivo sexual consciente para la infidelidad, las mujeres casadas por lo general se sienten atraídas hacia un vínculo emocional que falta en su matrimonio.

A los hijos adolescentes se les enseña que está bien bromear: los límites los ponen las mujeres; el matrimonio, y no el sexo, es el asunto serio.

Los amantes se cansan de ser segundos; algunos liberan, otros estrechan el vínculo y exigen que su compañero obtenga el divorcio.

Las aventuras amorosas por lo general incluyen un desequilibrio emocional, en especial cuando una persona está casada y la otra no. La persona casada quiere limitar la relación; el amante quiere más.

Los vínculos tangibles, como los hijos, un negocio en sociedad o la interdependencia financiera, mantienen unidas a muchas parejas.

El divorcio a veces tiene un impacto destructivo que no se esperaba. Todos conocemos malos matrimonios. Algunas personas son muy desparejas en cuanto a inteligencia, intereses y formación; otras, parecen pelear todo el tiempo. Sin embargo, un número sorprendente de personas quedan destruidas después de dejar lo que parecían ser matrimonios desastrosos. Desde la perspectiva de mi experiencia clínica, las consecuencias del divorcio son difíciles de predecir.

El excesivo compromiso con el trabajo deja poca capacidad para una plena participación en las actividades de tiempo libre de la vida familiar. El día solo tiene veinticuatro horas, y aquellas personas que pasan la mayor parte de ellas en el trabajo pueden no tener mucho que ofrecer en el hogar. Los adictos al trabajo solían ser solo hombres, pero la búsqueda caprichosa del éxito profesional es manifiesta también entre las mujeres, quienes están comenzando a acceder a puestos de alto nivel en gran cantidad.

El hombre que se casa con su profesión nunca será más que un esposo y padre superficial, pero nuestra sociedad acepta, casi espera, que un hombre piense principalmente en su trabajo. Todos y él mismo esperamos que su esposa sea el guardián de la relación.

Las soluciones más comunes para el malestar de la mediana edad -distracción en diversos programas de ejercicios, aficiones y nuevos proyectos- a menudo son maneras para que la gente se pierda, y no se encuentre a sí misma.

Como todas las criaturas de la naturaleza, estamos fijados inextricablemente en un contexto social, cuyo centro y corazón es la familia. Darse cuenta de esto no descarta las elecciones difíciles, pero las coloca en una nueva perspectiva que posee sugerencias trascendentales para la resolución de las crisis de la mediana edad.

Al principio los terapeutas consideraban el sistema familiar un poderoso adversario. Una y otra vez eran derrotados por la influencia familiar en sus pacientes individuales.

Las pugnas más dolorosas a menudo giran en torno a los límites, esas membranas invisibles que rodean a los individuos y a los grupos, regulando el contacto que tienen con los demás. Los límites permeables permiten mayor contacto, afecto y apoyo. Durante el noviazgo, la mayoría de las parejas establecen un límite sumamente difuso entre ellos: desean estar juntos, compartir los pensamientos y sentimientos del otro y depender el uno del otro lo más posible. Cuando la pasión muere, la situación cambia.

O consideremos la situación de un hombre que llega a casa desde el trabajo demasiado cansado como para intercambiar más que algunos comentarios rutinarios con su esposa. A través de los años, la pareja ha elaborado una serie de rituales que los preocupa a la vez que les impide entablar largas conversaciones que podrían terminar en discusiones. La regla tácita es que hablen un poco; después, cada uno se ocupa con otras cosas.

El problema con las reglas tácitas es que, cuando ya no funcionan, es dificultoso hablar de ellas. Supongamos que el hombre antes mencionado es descendido de categoría en su trabajo y ya no halla satisfacción en lo que hace. Ahora cuando llega a casa, quiere más atención de su esposa. Pero es difícil modificar las reglas. A medida que el hombre intenta acercarse a su mujer, los hijos la presionarán, resistiéndose a cualquier cambio en el triángulo al que se han acostumbrado.

Los sistemas familiares consisten por lo menos en tres generaciones, de manera que los problemas en cualquiera de dichas generaciones interactúan con los problemas en las otras dos.

Las mejores amistades son flexibles, instrumentales y expresivas. Las amistades se escuchan y no juzgan. Pueden dejar sin trabajo a los terapeutas.

Los hombres de mediana edad desean este tipo de relaciones. Y creo que la clase de amistad que las mujeres ofrecen es algo verdaderamente increíble y tal vez sea fantástico para alguien que no ha estado prestado mucha atención en los últimos veinte años.

Adviértalo más tarde. Advierta juegos, posturas y hábitos; vea de qué manera se manifiestan en sus pensamientos íntimos y en su conducta pública; note la diferencia entre usted y los demás hombres y mujeres.

Participar plenamente de la vida en el presente nos lleva a relacionarnos con otros. Hemos visto cómo la poca autoestima inhibe las relaciones fluidas y afectuosas con los demás. Es difícil ser amistoso cuando tenemos miedo.

Aprender a amar es un ejercicio que consiste en aceptar la realidad de que cada uno de nosotros es diferente y único. Incluso podemos aprender a disfrutar de las diferencias. Las personas que antes eran difíciles y desagradables comienzan a suavizarse perceptiblemente apenas les permitimos ser quienes son y lo que son (nota de Jorge: diferentes).

Y los roles que representamos al mantener el statu quo.

Y los sermones son una forma de control aversivo: castigar al otro para obtener lo que uno desea (el llanto, el alejamiento, la amenaza, la queja y los insultos...). El problema se aumenta.

Suponer que no podemos obtener lo que queremos y por lo tanto no preocuparnos por preguntar es más que pasividad o pereza. Estamos proyectando nuestros propios conflictos.

También deberíamos ser espontáneos, abiertos, honestos y libres.
Pero el verdadero cambio se realiza solo dentro de los confines de nuestras propias limitaciones. Deshacernos de relaciones destructivas, agotadoras o que simplemente cumplieron su ciclo (ni el hábito ni la obligación es amistad). Dejemos seudoamistades que siempre nos necesitan y limitémonos a las amistades genuinas (que proporcionan diversión, aceptación, confianza, respeto y ayuda mutua). Éstas son las verdaderas amistades.

Podemos vencer una época de crisis y convertirla en una etapa creativa, aceptando las tensiones (nota de Jorge: sin desmayarse) y encarando la vida (nota de Jorge: con imaginación y a ser posible cerrando etapas, casarse, comprarse una casa, tener un hijo, realizar la obra propia...).



Michael P. Nichols

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