August 02, 2014

EL ENTENDIMIENTO DE LOS NECIOS Y DE LOS LOCOS DE KANT

Hay hombres que tienen los sentidos perturbados. Son o bien idiotas, o bien maníacos; siendo que los primeros perciben demasiado poco y los últimos demasiado. Los idiotas tienen el uso de los sentidos excesivamente embotado, así como la atención y la reflexión sobre lo que observan. Puede ser que los sentidos sean lo suficientemente agudos, sin embargo estas cosas dependen en gran medida del entendimiento. Generalmente, los idiotas son duros de oído, pero no a la inversa. Los maníacos van más allá de los sentidos y están muy cerca de los visionarios, pues creen que ven y escuchan algo allí donde los demás no perciben nada. La palabra manía significa tanto como imaginación, y el maníaco es aquel que sustituye las cosas reales por las imaginadas. La idiotez es debilidad del entendimiento, de manera que esta clase de hombres son incapaces de formarse un concepto mediante la reflexión, sin la cual no conocemos nada. Los idiotas carecen de entendimiento, mientras que los maníacos, en lugar de carecer de él, tienen un entendimiento defectuoso; puede tratarse de un hombre inteligente, solo que tiene la desgracia de tomar ciertas sus imaginaciones. Quienes padecen fiebres violentas en poco tiempo se vuelven maníacos. Los hipocondríacos son asimismo maníacos, pues sus imaginaciones les hacen contraer pronto esta enfermedad, pronto alguna otra, y la más mínima opresión en el corazón basta para atemorizarlos con el pensamiento de que padecen un pólipo cardíaco. Además, el hipocondríaco se dedica a fantasear con previsiones, juicios y aprensiones que nadie más ve. Obviamente está muy próximo a los maníacos y, si en otras ocasiones no pudiese dar muestras de su razón, se lo tendría por tal. Es un hombre que merece lástima, en particular porque por lo general se lo trata sin ninguna compasión y se cree que es un venado.

Existen distintas clases, entre las cuales están los graciosos, que siempre quieren hacer chistes, los recelosos, que siempre quieren cogerlos, los extravagantes o estrambóticos, que se exceden de graciosos, y finalmente los dementes. La demencia se diferencia de la manía: en el caso de los dementes es débil su uso de la razón, en el de los maníacos el uso de los sentidos. Puede ocurrir que los maníacos tengan un buen entendimiento; por lo que se refiere a los dementes, los sentidos están bien, pero no así el entendimiento. La demencia es un trastorno mayor, cercano a aquellos que sobrepasan los límites del uso de la razón. Los escritos de Boehm son fruto de la demencia, aunque se hayan traducido al inglés, y aunque algún inglés haya sido inducido a encontrar en él mucho entendimiento y a creer que bien vale la pena estudiar los sacrosantos secretos de este libro. La majadería se aproxima a la demencia, y majadero es aquel que no puede acomodar los juegos de su ingenio a las circunstancias en las que se encuentra. Cuando un hombre de edad avanzada coquetea y bromea de modo infantil se comporta como un majadero; mientras que para los jóvenes, por el hecho de serlo, no es ninguna majadería coquetear. Y es que la majadería no está en el objeto, sino en las personas y en las circunstancias; por lo demás, estas majaderías son motivo de regocijo, y los majaderos resultan cómicos y son objeto de risa.

La perturbación y los trastornos mentales no se diferencian particularmente, tan solo en que el trastorno mental se eleva un grado más y es incurable. Podemos contraponer majadería y enajenación, y así decimos que el perturbado es o bien un majadero o bien un enajenado. Este último se enfurece, se irrita de un modo salvaje, se muestra colérico y, en resumidas cuentas, se ve dominado por los afectos. El majadero, en cambio, es simplemente un juguete de su imaginación. Haciendo muchos y muy diversos matices llegaremos por fin a las personas que tenemos a diario a nuestro alrededor y a las que llevamos en el corazón, pues todos los hombres tienen su dosis de locura, y tiene razón el que dice: "Hay que tener a los hombres más bien por locos que por malvados". El mundo parece un gran manicomio. Fontenelle decía: "El mundo entero está repleto de locos a los que, no obstante, tenemos por hombres inteligentes cuando su locura pertenece a la clase general". Pero al que actúa según sus propias locuras, a ese sí que se lo toma por loco. El espectador inglés distingue al hombre racional del loco en que este último dice en voz alta todo lo que piensa, mientras que el hombre inteligente pasa revista primero a sus pensamientos y solo dice aquello que conviene a sus fines y lo trae a colación en el lugar oportuno. Por lo demás, no existe ninguna diferencia esencial en su modo de pensar.

La necedad es una especie de disparate que ni es nocivo ni vicioso; la locura en cambio es ambas cosas: un disparate nocivo y vicioso. Por consiguiente, el loco ha de causar daño con su locura y ha de contrariar las buenas costumbres. Así es como se denomina al hombre altanero, y la palabra locura a nadie conviene mejor que a este soberbio desatinado, pues todos intentan derribar y humillar, degradar y mortificar a estos hombres, por mucho que no obtengan placer de su locura.

El hombre ingenioso y el que tiene entendimiento son muy diferentes. El entendimiento es persistente, mientras que el ingenio se muestra veleidoso. Al que tiene ingenio pero no entendimiento le llamamos guasón. En cambio, el entendimiento es ley. Por esta razón, en las fábulas los zorros hablan con ingenio y un buey perseverante y grave lo hace de modo razonable. Ahora bien, el ingenio le suministra materia al entendimiento. Al inteligente se lo pone para que comprenda, y al ingenioso para que caiga en la cuenta.

Hay mentes que por naturaleza son superficiales (superficiel), y otras en cambio meditativas y profundas. Para prevenir que cundan las cabezas de esa primera especie hay que guardarse en la educación de comenzar por la retórica, es preferible hacerlo con las matemáticas. En Inglaterra todas las cosas se hacen con exhaustividad, en el sentido de que las cosas son adecuadas a la idea que se tiene de ellas. La profundidad y la exactitud del entendimiento parecen residir en lo siguiente: en que se examinen las cosas por completo, hasta el primer principio. Existen además un entendimiento persistente y uno inconstante, uno ordenado, otro tumultuoso y otro impetuoso.

El entendimiento es la facultad de juzgar; la razón la facultad de conocer a priori, adelantándose a la experiencia. A mi sirviente le basta con tener entendimiento, mi mandatario, mi preceptor..., en cambio tienen que tener razón. Conocer a priori es deducir. Cuando un hombre debió haber visto algo, se acostumbra a decir: debió haber tenido mucha más razón, por ejemplo para ver que el judío le estafaría. Al entendimiento le corresponde conocer y enjuiciar las cosas que ya forman parte de la experiencia; pero prever lo que todavía no se ha experimentado es cosa de la razón.

En la cultura hay que comenzar directamente por el entendimiento, pues lo primero es tratar de entender algo. Hay personas que durante su vida se sirven de alguna frase sin tomarse la molestia de entenderla, y de aquí proceden las disputas entre los hombres: las cuestiones disputadas de los filósofos, los proverbios, sentencias, cánones... Con frecuencia se puede caer en una gran confusión si se ha de decir qué significa propiamente una palabra. Les sucede a menudo a los médicos: les prohíben a los enfermos cualquier alimento claro, incluso reseñan todo un catálogo de semejantes alimentos sin que sepan qué significa claro. Y habitualmente esto les sume en una gran confusión. Lo mismo ocurre con la palabra veneno, que su concepto es tan vasto que al final uno no sabe qué es un veneno, pues también existen venenos beneficiosos, que se emplean en medicina con gran provecho; se aclara del siguiente modo: es venenoso todo aquello que no puede ser alimento -parte del cuerpo-, y entonces está claro el concepto. De este modo son venenos el mercurio, el arsénico, todas las especies de venenos propiamente dichos, la grasa frita, el café... En cambio, la quina es un alimento, y no un veneno. En la antigüedad al veneno se lo llamaba dosis, y no significaba nada malo. De ahí que veneno y ofrenda signifiquen lo mismo; y venenum procede de venum dare. Resumiendo: primero hay que tratar de entender una palabra, una cosa, y a continuación uno razona.

Los hombres no tienen tanta necesidad de la razón como del entendimiento. ¿Cómo labrar el propio entendimiento? Cuando se trata de niños, hay que detenerse en las palabras habituales, las que escuchan a menudo, y llevarlos a entenderlas correctamente, hasta que se acostumbren y no den por bueno lo que no entienden. No se trata de que descubran las fuentes y los principios de los conceptos, sino simplemente de que entiendan lo que se les enseña. Todos los conceptos morales son conceptos del entendimiento; surgen de él y no de los sentidos, pues de lo contrario encontraríamos en todas partes objetos de la moral. ¿Qué es la justicia? Nos quedamos desconcertados ante esta pregunta, y es admirable que después de dos mil años uno se acuerde de preguntar qué es, algo que se olvidó al principio y que, no obstante, se ha discutido tan a menudo. Lo mismo sucede si se pregunta ¿qué es el gusto? Tampoco se sabía, y sin embargo se han escrito muchos libros al respecto.

El entendimiento es agudo, vivo, vasto, profundo... Pero todas estas especies son inferiores al sano entendimiento. Cuando un hombre ruega por tenerlo, en verdad se cree que por lo menos lo desea, y esto solo cuando lo tiene enfermo, pues es una merma no contentarse con el grado de felicidad más alto. Es justo pedir un entendimiento sano, pero no en cambio pretender tener todas las demás clases de entendimiento, como la rapidez, la agudeza... El sano entendimiento no es cuestión de arte, sino que tiene su fundamento en el natural, y solo se le puede exigir que sea recto, al igual que a la salud no se le exige que uno pueda bailar y pegar brincos, sino solo la concordancia con las acciones esenciales. Diógenes dijo a PLatón, quien le dio dos veces lo que pedía: Es un charlatán, que da más de lo que uno quiere. Y en esta anécdota se ve que todo ha de estar en su justa medida.

El sano entendimiento es aquel que se puede usar a posteriori, el que conoce las verdades "in concreto" o en un caso particular, por experiencia. Quien conoce algo "in abstracto" es el entendimiento sutil.

Los necios procedes siempre según reglas que se les han prescrito con exactitud; a los locos se los puede conducir por medio de este tipo de reglas, pero no a los hombres racionales. Es por esto que a menudo se dice: se lo ha autoimpuesto como regla (por ejemplo no creer lo que otros dicen...) y por lo general se ve mal que uno pueda procurarse cierto beneficio apartándose de la regla. En ciertas ocasiones es bueno elevar las reglas a leyes universales, pues frecuentemente no es posible subsumir. Con el matrimonio y los motivos que llevan a él sucede lo siguiente: que en conjunto es mejor que uno proceda de tal modo que tenga para vivir. Por este motivo hay muchos que no inspeccionan las cualidades del alma, sino que -sobre todo en la juventud- miran por el dinero y la belleza, y en esto se encomiendan a un estúpido proverbio: ya surgirá el amor. Pero un hombre que tenga el entendimiento sano ha de procurar no atarse a reglas.

Hay quienes se refieren al sano entendimiento como entendimiento simple, llano e ingenuo. Sin duda, es algo que se puede exigir de todos los hombres, y son características suyas la comprensión y la rectitud. La primera constituye el grado mínimo de entendimiento. Y cuando se demanda un entendimiento sano es justo que se exija también rectitud, que es bienvenida cuando se da en la comprensión. Por su parte, lo artificial se halla más bien sujeto al engaño. La salud no es cuestión de arte; quien utiliza muchos medicamentos trata de contener una enfermedad tras otra, y el que se puede mantener sano de este modo no está sano. Así pues, encontramos aquí algo que la naturaleza le entregó al hombre en estado puro, algo que no se puede conseguir gracias al arte.

En puridad, el sano entendimiento es la facultad de juzgar "in concreto", mientras que el entendimiento refinado lo hace "in abstracto". Un entendimiento simplemente sano no puede conocer una regla en general, por ejemplo la regla "casum sentit dominus". Por lo que bien se ve que el sano entendimiento es muy empírico: formula sus juicios mediante la experiencia. Las leyes morales de la filosofía y la gente común solo se diferencian en que el entendimiento común no comprende la regla, se limita a ejercitar el sano entendimiento con los objetos de los sentidos.




ANTROPOLOGÍA COLLINS
Immanuel Kant

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