diciembre 01, 2010

EL ESTILO LITERARIO DE SAN AGUSTÍN: VICTORINO CAPANAGA

San Agustín sabía que la verdad tiene dos atributos principales: la belleza y el poder.

Cuenta con la música como fuerza nueva de hermosura. Porque las palabras tienen cuerpo y alma para San Agustín, “siendo el sonido como el cuerpo, y el sentido como el alma”.

Tanto por su cuerpo como por su alma las palabras admiten las más variadas manipulaciones. Si se atiene al sonido ellas se hacen musicales, armoniosas, prestándose a muchos juegos de ingenio. Para la música de las palabras los romanos tuvieron muy fina sensibilidad que también heredó Agustín en su formación clásica.

Los artificios verbales eran fuerzas encantadoras para la muchedumbre de los contemporáneos y así cultivó la prosa rítmica lo mismo que los literatos de su tiempo.

El uso de los tropos, alegorías, comparaciones, asonancias, aliteraciones, paranomasias, anáforas, epíforas, anafrasis...fue muy frecuente en él porque quería que las palabras tuvieran una larga resonancia en el ánimo de sus oyentes.

El Obispo de Hipona siguió la gran corriente de las llamadas literaturas clericales. Las lenguas sagradas se distinguían por la facilidad con que se graban en la memoria: cadencias, simetrías, fórmulas paralelas, repetición de palabras-clave, aliteraciones, ritmos y rimas interiores; todo lo que puede ayudar a la memoria motriz sirve de ayuda a la clase sacerdotal.

Hay también en San Agustín un gusto y como un arte de balancearse en los pensamientos, o una especie de ritmo del logos que produce sorpresa. No parece sino que el pensamiento se recrea en mecerse, lo mismo que el cuerpo en una cuna, yendo y viniendo de una parte a otra y descansando en este vaivén.

En esta clase de literatura las palabras con sus sonidos se prestan al halago de los oídos. Los medievales hablaban del alma como de un instrumento musical: symphonialis anima, el alma es amiga de ritmos y creadora de armonía.

San Agustín tuvo un alma de armonía, un arpa de muchas cuerdas, dispuestas para el canto, la alabanza festiva y jubilante. Porque la música tiene mucha parte en su comunicación pastoral.

Para él, los ritmos eran un estilo llameante portador de gracia y de emoción espiritual. Como narrador de las maravillas de Dios y de su gracia en las almas, nos arrebata con su unción místico-poética, como dueño de una palabra persuasiva y bella que llega al alma de los oyentes y los cautiva suavemente.