noviembre 19, 2009

TENÍA UN HAMBRE VORAZ

Veía a Cristo nadando sobre la sopa y en el cuchillo su posible suicidio (dentro del armario otros desamparados le esperaban); en la pieza del melocotón, su cáscara, vírgenes y otras soledades se restregaban retozando con Satanás.

En la calzada del templo tezca (la mesa) un mendrugo de pan ignoraba su pasado, a punto de devorar, acerando la estopa del tiempo que transcurría, teniendo por bandera una servilleta. Frente a él, la cuna del niño párvulo y archicubano, al cual se le aparecían en sueños seres celestes -arcángeles y extraterrestres- tocando castañuelas, y Dios el Eterno en forma de verruga flotante arreciando en el espacio a la velocidad de la luz.

- Mas, reyezuelos, ¿dónde está el tenedor? -se preguntaba.
- "Crucificado, lo tenemos" -le contestaban.
(y la criatura cerraba los párpados)

Un diminuto becerro de oro reflejábase en el grande, sumergido biberón y el hombre de las manos pringadas de limón, siguió devorando (parecía Cronos entre sus engendros) en el tiempo, en el templo marumba (la cama) recogíase la alta cumbre (la almohada) sesteándola de babas y otros humores en la madrugada, soñando y fincando, veía a su hijo subido en un triciclo (de espaldas al holocausto), ascendiendo por la calzada del templo, tras la curva veloz, para comprobar desde lo alto, cómo arrojaban su maceta al vacío (su futuro genio, frustrado) y contemplar al estrellarse en el suelo, que tan sólo pisaba pedales.

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