noviembre 16, 2009

CHESTER

Mi perrito Chester es un animal-texto muy comentado en la calle por su preciosidad. El otro mediodía, mientras paseaba con Chester por la concurrida acera izquierda de San Amaro, unos niños que jugaban a la pelota se acercaron cariñosamente a él, y éste les devolvió el saludo con afectivos arrumacos, sentándose con ellos en su banco de madera. Al preguntarme por su nombre, y al decírselo, lo entendieron como "Chesper", y en verdad que éste era un nombre más bonito, un nuevo nombre: CHESPER, y con dos apellidos, que luego pensé le habían acepcionado aquellos niños académicos: CON PÉ. Es decir, que en la vida de salón nuestro perrito yorkshire se pasaría a llamar desde esa misma tarde: CHESPER CON PÉ.

La compañía de un perro hace Humanidad. Cuando Chesper se estira en la cama y está solaz, sin pesadillas, mirándonos del revés, Olga le canta mientras pasea con cestos de ropa: "Con la pata levantá/", y yo le añado: "y la panza almidoná/..." Para todos los caninos la palabra "collar", es una palabra mágica, porque saben que van a la calle: con el collar y la correa; y esto lo sabe Chester muy bien, y se le iluminan los ojos de ciruela, cuando lo oye. Si sacas al perrito, y va a llover, sé condescendiente, no lleves paraguas para ti.

Dirige su mirada adonde van mis pasos, y luego la bifurca, levanta las orejas e iza el plumerín o el rabito -especie de acento o guión negro- y se lanza en justa lid a olisquear a otro perro, del que se hace amigo, si es pacífico. Uno de ellos es el caniche Curro, aunque lo ve muy poco.

A Chesper le encanta lamer las meadas, las medias y la parte natural de las perras, y en esto es un poco guarro. Los domingos le molestan los petardos y las tracas que tiran en el Bernabéu: corta el paso de golpe y sale disparado hasta llegar a casa con la correa estirada y las orejas gachas.

Pesa dos quilos justo y tiene cinco años de edad, que es toda una madurez para un instinto canino. A mediados de mayo le quitamos a Chesper el sayo, es decir, le cortamos el pelo a cero, para que no pase calor; entonces se le cae al suelo, en la consulta del veterinario, el manto de color gris fuego -o el vellocino de oro de Jasón como le apodamos en broma-, y en una hora se metamorfosea en un mandril, con esa cabeza recortadita en forma de rombo que le queda, dispuesto después a subirse a un árbolito ante la mirada atónita de los tertuliantes del parque de la avenida del Brasil o agarrar con sus débiles dientes alguna pierna despistada.

Cuando hace sus necesidades, hay que prestar mucha atención, pues parece todo un cabrito diablesco, aunque sus cagadas no son plastas sino figuritas de mazapán piensado, menhires de chocolate o palitos de padoluz, que aunque se parecen entre sí, no son las mismas que las de un antepasado suyo: "Chiqui, el lobezno de Sherwood". Hay algunas personas humanas que se emperran, ladran y quieren morder más que las caninas; y cuando me lo recriminan extraños que no aman a los animales, yo les contesto:

- La gran ciudad de Madrid rezuma mezquindad.

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