noviembre 16, 2009

EL TANQUISTA ESTALINISTA

El Comisario ve que su hijo se le escapa.

- ¿Adónde crees que vas?

Y se lo da todo mascado, las golosinas por pedacitos.

- Ya estoy harto de niñerías, de zalamerías, me tenéis harto, tú, Soledad, y ese entrometido de Julio.

Hasta entonces, Julio, cuando se enamoró de Soledad, no sabía que estaba casada y que su marido era el Comisario. Cuando se enteró de que estaba casada, pensó que era de Cándido (el dirigente más hablador, el grosero del puro y del mostacho que se sentaba a su lado en aquellas sillas astilladas del local), pero no, Carlos era el Comisario y su hijo se llamaba Carlitos. Soledad siempre quería regresar a casa con Julio que era más simpático y alegre que su marido, el cual siempre estaba atareado con la teoría marxista-leninista y con las cotizaciones de la Bolsa.

Julio se lo contó a Soledad; eso, ella se lo contó a su marido Carlos, y él le contestó a los dos:

- Dejadme de pijadas.

Se dio cuenta de que el marido estaba en primer plano, que Julio pertenecía a la juventud y aquél al partido, que Julio no era nadie en la célula comunista.

Al día siguiente Soledad lloró delante de todos en el local y anunció que se pasaba a la juventud. Sole quería al joven Julio.

Cuando Julio le contó a la sobrina de Cándido que estaba enamorado de Soledad, ésta le miró con el rabillo malo del ojo, y le inquirió:

- Ten cuidado no la dejes embarazada que es la mujer del Comisario.

Un día Carlitos tuvo fiebre, y Soledad le dijo al joven Julio que subiera a su casa. Se la encontró en su cuarto y en camisón. Al niño le quemaba la frente. Julio luego alardeó y se lo contó a Sancho, "el Tanquista Estalinista" -a quien un facha la noche anterior le acababa de romper la cabeza con la misma escoba con que pegaba los carteles electorales, produciéndole tres puntos de sutura-. "El Tanquista Estalinista" y el Comisario eran muy amigos, y casi siempre iban juntos al bar y a todas partes. Además sabían todos los entresijos de arriba y abajo, y aspiraban a dirigir los destinos más altos. Él no se había quedado impresionado ante la cara de Soledad la última vez que discutió con su marido. Y Julio merodeaba en su interior: - ¿Me apoyará el Tanquista? Y siguió pensando: - Todas las mujeres que se casan, contra natura, porque no tienen un puesto de trabajo o no quieren trabajar. Prefieren al déspota en casa que a un tirano en el almacén. Pero Soledad no era artificial y Julio había ganado muchos méritos. Al hermano quinceañero de Sole, lo había cambiado, lo había apartado del tabaco y de la litrona, y gracias a él leía algunos libros de aventuras.

"El Tanquista", absorto, ni le contestó. Esta última noche de campaña presidencial no le iban a cruzar la cara esos mierdas. Se las preparaba.

En la Plaza de Toros de las Ventas hubo un mitin. Soledad tenía que optar entre vender dentro bonos para el próximo viaje nicaragüense -como su marido le había mandado- o quedarse fuera, al lado de la mesa de propaganda de la juventud, junto a Julio.

Y optó por él, porque estaba hasta el moño del control de su marido "y dio la nota".

"El Tanquista Estalinista" ya estaba advertido y se lo dijo al Comisario:

- Les pillé ayer, desayunando, al amanecer.

Soledad estaba muy contenta y, de momento, desaparecieron los dos por la Puerta Grande. Aquella tarde junto a Julio en el Retiro, Madrid tenía nubes de Sierra y el sol radiante de mayo invitaba a pasear. Los máximos dirigentes de la célula de Centro lo taparon, mientras que los de la célula de Carabanchel (que se adentraron alocados con sus pancartas), ni se enteraron.

Y Julio, ufano, decía a todo el que se encontraba:

- Estoy en representación de Carlos. Y añadía:
- Además, soy ahora el nuevo Comisario.

Luego Soledad se mintió: - ¿Pero qué he hecho?¿Cómo voy a vivir con un estudiante que no tiene nada, que no tiene un trabajo? Tengo un hijo. Y Carlos me quiere en casa. Hay formalidades que se deben respetar.

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