octubre 29, 2016

Se acerca la locura Yo me arrimo a Jesús

Son tantos los que, errantes,
van buscando con el gesto crispado,
y aunque sabios se llaman a sí mismos,
ignoran donde el tesoro está.

Uno piensa que ya lo ha conseguido
y solo tiene oro entre las manos.
Otro navega alrededor del mundo
sin buscar más salario que el renombre.

Aquel persigue la corona del triunfo
y el otro busca ramas de laurel,
brillos varios que a todos decepcionan
y a ninguno le entregan la riqueza.

Cuando en turbias horas tristes
casi se acobarda el corazón,
cuando los males nos vencen,
y el miedo nos quiebra el interior,
al pensar en los seres que nos quieren,
abrumados de pena y de dolor,
una nube nos corta la mirada
y ni un rayo de esperanza la atraviesa.

Pero entonces es Dios el que se inclina,
y acerca su amor hacia nosotros.
Nos alzamos entonces hacia él,
un ángel acude a nuestro lado
con un cáliz que rebosa de vida,
y susurra palabras de aliento y de consuelo.
Y entonces pedimos confiados
la paz para todos los que amamos.

Hay horas tan terribles
y hay ánimos tan turbios,
que todo desde lejos
se convierte en fantasmas.

Irrumpen fieros miedos
en silencio espantoso,
y oscuras noches cubren
pesadamente el alma.

Las más firmes columnas
no sostienen ya nada y tiemblan.
La mente, huracanada,
no obedece al querer.

Se acerca la locura
y nada la contiene.
El pulso de la vida
y los sentidos cesan.

Murió, y desde ese día
él mismo y su amor están presentes.
Encontrarás consuelo cuando extiendas
tiernamente tus brazos hacia él.

Él traerá nueva sangre y nueva vida
a tu esqueleto muerto.
Y si le das tu corazón
el suyo será tuyo para siempre.

Lo que tú has perdido, lo ha encontrado él.
En él está todo lo que tú has amado.
Y en tus manos quedará ya para siempre
lo que él ponga de nuevo con las suyas.



Novalis.

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