octubre 18, 2016

LA GRACIA, LA PENITENCIA Y LA CONFESIÓN

Se ha dicho que "es trágico el mal que depende solo de la voluntad". Parte de esta tragedia consiste en que podemos causar males que no podemos reparar.

"Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados" (Hch 3,19)

La conversión ha de ser profunda, total, definitiva, en un cambio de la vida del hombre, en un distanciamiento absoluto del pecado y del mal para volverse a Dios y a Cristo en la fe. El arrepentimiento en realidad sigue siendo una uniciativa divina, ya que tiene su fuente en el don de Jesucristo y proviene de la misericordia del Padre. Pero es también y sobre todo respuesta del hombre que, iluminado por Dios, toma conciencia de estar en situación de pecado y decide un cambio en su existencia.

La Penitencia, como los demás sacramentos, es un signo que manifiesta la fe en su contenido salvífico. Por eso el fiel, al "celebrar la Penitencia", confiesa la gratuidad del perdón de Dios, su misericordia antecede y acompaña sus actos, la confianza en su palabra y en su gracia que hace posible el compromiso cristiano. Hay dos elementos que se impregnan mutuamente en el penitente: los "actos" (es decir, aquella actitud personal, hecha de contrición interior, de confesión de la enmienda, de satisfacción en la reparación de los daños ocasionados) y la "gracia sacramental" (como medicina eficaz dada por Cristo).

Ambos elementos tienden a dar un estilo penitencial cotidiano a toda la vida, para que se convierta en testimonio del misterio de la cruz en su doble aspecto de expiación y de profecía de la misericordia, participación permanente del misterio pascual.

En el lenguaje común suele llamarse "penitencia" de manera particular el tercer acto que se le exige al penitente, el de la satisfacción. "La verdadera conversión resulta plena y completa cuando se expresa por medio de la satisfacción de las culpas cometidas, por la enmienda de la vida y por la reparación de los daños causados a los demás" (Ritual)

Pues responde a la naturaleza corporal del ser humano que el arrepentimiento del corazón se manifieste visiblemente en el cuerpo.

Entre las obras propias de la virtud de la penitencia destaca la trilogía bíblica del ayuno, la oración y la limosna. A ella nos invita la Iglesia en tiempos litúrgicos como el Adviento y la Cuaresma, el acto penitencial al comienzo de la misa, las peregrinaciones o las mortificaciones voluntarias, así como la aceptación amorosa de las "cruces" que Dios nos envía, los actos de caridad como la visita a los enfermos o la atención a los más necesitados. También pueden considerarse formas de penitencia cotidianas el cumplimiento diligente de los propios deberes familiares, sociales o eclesiales, la prontitud para perdonarnos mutuamente, el compromiso por la justicia con todos los esfuerzos que significa, el desprendimiento de bienes materiales, el cansancio cotidiano, la realización de tareas poco gratificantes, la aceptación de los defectos de las personas que nos rodean, o la perseverancia en la oración cuando surge la desgana o la pereza.




(continuará)

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