octubre 29, 2016

APRENDED EL SENTIDO DE LA MUERTE DE NOVALIS

La perspectiva del poema Canción de los muertos es a la inversa a la de otro de los grandes poemas de Novalis, el sexto y el último de los Himnos de la Noche, Anhelo de la muerte. Si en este poema, el hombre desea ardientemente la muerte y el mundo de la Noche que tras ella se abre, en la Canción de los muertos son los seres que habitan en la Noche los que cantan su felicidad definitiva. Solo para nosotros se ha hecho vida el amor, dicen. Ellos no añoran ya la pálida existencia. Y animan a los hombres a reunirse con ellos. "¡Venid, amados, venid pronto!" Y es curioso que Novalis imagine un paraíso con cosas -¡Yo quiero un cielo con cosas!, gritaba nuestro Miguel de Unamuno-, con las cosas confortables de las casas, con jardines, con cuartos, con anillo, con espuelas y espadas, con alhajas y joyas.

Resulta llamativo que para expresar la íntima compenetración de los seres en el mundo de la Noche, Novalis recurra a una metáfora química. Goethe había hablado ya de las afinidades electivas usando también una metáfora química: la afinidad pertenecía, hasta entonces, al vocabulario científico. Novalis habla en el poema de la fusión de los elementos entre sí, para expresar el modo en que se funden entre sí los corazones.

Se ha escrito que los Himnos a la Noche están entre los poemas más complejos y difíciles de la literatura alemana. Salvando las enormes distancias, tienen alguna semejanza con las rilkeanas Elegías de Duino: se trata, en ambos casos, de poemas visionarios, con asociaciones que se producen en la mente del autor y que el lector ignora, y de poemas de extraordinaria musicalidad, una musicalidad que, naturalmente, desaparece con la traducción. Quizá no sea inoportuno recordar aquí que Novalis tenía hacia las traducciones una prevención parecida a la de Rilke.

El primero de los himnos es un canto a la luz. Corresponde a la etapa de un Novalis mundano, que disfruta de la vida. La Noche -el mundo de ultratumba- es visto con rasgos negativos: los adjetivos con que se la describe son desértica, solitaria, vacía. Todo -astros, minerales, plantas, fieras- bebe ávidamente la Luz, pero más que ninguno el feliz extranjero (herrliche Fremdling):

¿Qué ser viviente, dotado de sentidos, no ama sobre todas las cosas las maravillas del amplio espacio que le rodea, la jubilosa Luz, con sus colores, sus brillos y sus ondas, su dulce omnipresencia cuando el alba despunta? Alma íntima de la vida, la respiran los astros que incesantes se extienden por su marea azul, la respira la luminosa y siempre reposada piedra, la planta sensitiva, embebida en la tierra, y la fiera salvaje, multiforme, ardorosa, pero más que todos ellos, el feliz extranjero, con los sentidos abiertos y el andar flotante, con los labios entreabiertos de los que brota a raudales el canto [...]

En el segundo de los himnos apunta ya la conciliación de la Luz y la Noche. Corresponde a la temprana religiosidad del poeta, surgida no solo de su educación pietista, sino también de la trágica y misteriosa vivencia de la muerte de varios de sus hermanos, siendo aún muy niños o en la primera juventud.

[...] Es limitado el tiempo de la Luz, pero no tiene tiempo ni espacio el imperio de la Noche. Es eterna la duración del sueño. Sueño sagrado. No niegues la felicidad de quienes se consagran a la Noche en los días terrenales. Solo los insensatos te ignoran, y no conocen más sueño que el de las sombras que arrojas, compasiva, en el crepúsculo de la Noche verdadera [...]


El sexto y último himno tiene el mismo texto en ambas versiones, la manuscrita y la publicada. Es el único himno escrito íntegramente en verso, y el único que lleva título: Anhelo de la muerte (Sehnsucht nach dem Tode). Es una alabanza jubilosa de la muerte.

[...] Alabada seas, Noche eterna.
Alabado seas, sueño eterno.
Nos abrasó el calor del día,
nos marchitó el largo dolor.
Lo extraño no nos ilusiona,
queremos ir al Padre, ir hacia casa [...].


CANCIÓN DE LOS MUERTOS (GESANG DER TOTEN)

Alabad nuestras fiestas silenciosas,
los jardines, los cuartos,
las cosas confortables de la casa,
nuestros bienes.
Día a día llegan invitados nuevos.
Unos llegan temprano, otros tarde,
y en los amplios hogares arde siempre
el fuego de la vida.

Delicadas vasijas a millares
recogen a millares sus llantos,
y hay anillos de oro y espuelas y espadas
formando un gran tesoro.
Hay alhajas y joyas
reposando en la sombra de las cuevas.
Nadie puede contar tanta riqueza,
tampoco si no cesara nunca de contar.

Niños de tiempos que han pasado,
héroes de los tiempos oscuros,
genios colosales de los astros
en feliz convivencia,
bellas damas, maestros graves,
niños y ancianos gastados por la vida,
están ahora sentados en un círculo:
habitan el mundo que ha pasado.

Ninguno hay que se queje,
que pretenda volver,
ninguno que haya estado,
feliz, en nuestra mesa.
Ya no se oyen lamentos,
ya no se ven heridas,
no hay lágrimas que tengan que enjugarse,
el reloj va avanzando eternamente.

Conmovido por la bondad sagrada,
inmerso en la visión gloriosa,
el Cielo se alza en el espíritu:
es un azul sin nubes.
Largos vestidos vaporosos
nos llevan por llanuras en flor.
Y no sopla jamás en esta tierra
ni un vientecillo riguroso y frío.

Dulce encanto de la medianoche,
esfera silenciosa de fuerzas misteriosas,
sensualidad de juegos llenos de secreto:
solo nosotros podemos conoceros.
Solo nosotros llegamos a las altas metas,
podemos arrojarnos a las grandes corrientes,
podemos disolvernos en sus gotas
y a la vez beberlas a pequeños sorbos.

Solo para nosotros se ha hecho vida el amor.
Y al igual que se funden entre sí los elementos,
se funden en nosotros las ondas de la vida,
se funden entre sí los corazones.
Las ondas se separan, codiciosas
porque la lucha de los elementos
es la vida más alta del amor,
el corazón que late en todo corazón.

Somos solo nosotros los que oímos
la dulce charla de anhelos susurrados,
y podemos leer los dulces ojos,
saborear siempre las bocas y los besos.
Y todo lo que aquí rozamos
se convierte en un cálido fruto, en un bálsamo,
en tierno y blando pecho,
en ofrenda, en audaz alegría.

Crece más y más, y estalla el deseo
de aferrarse al amado,
de cogerle en lo íntimo,
de fundirnos en uno,
no oponerse a su sed,
consumirse en el cambio,
nutrirse del otro,
solo el uno del otro.

Así en amor y lascivia
vivimos inmersos,
desde el instante que apagó la llama
del mundo de los vivos...
La tierra se cerró
y el alma estremecida
empezó a consumirse en una hoguera
que deshizo el rostro terrenal.

El hechizo del recuerdo,
un dulce escalofrío nos recorrió
por dentro, como una melodía,
y calmó nuestro ardor.
Hay heridas que duelen para siempre,
tristezas divinas e interiores
que el corazón habitan
en una sola ola que nos lleva.

Y en esa sola ola
entramos misteriosamente,
en el mar de la vida,
en la hondura de Dios.
Y de su corazón fluimos
de nuevo a nuestro círculo,
y la pasión más alta
se hunde en nuestro propio torbellino.

Libraos de las cadenas de oro,
de rubíes y esmeraldas,
de sus limpias hebillas relucientes,
hacedlo como el rayo y el trueno.
Desde el húmedo fondo del abismo,
desde tumbas y ruinas,
ascended al mundo y al color de la fábula,
con las rosas del cielo en las mejillas.

Si supieran los hombres
-compañeros del futuro-
que estamos tan atentos
a cada una de sus alegrías.
Todos ellos morirán con gozo
y añorarán con gusto la pálida existencia.
¡Oh, deprisa, que el tiempo ya termina su curso,
venid, amados, venid pronto!

Ayudadnos a atar al genio de la Tierra,
aprended el sentido de la muerte,
encontrad la palabra de la vida.
Volveos una vez.
Tu poder va a acabar ya muy pronto,
va a apagarse la luz que te prestaron,
muy pronto vas a verte amordazado:
genio de la Tierra, se ha acabado tu tiempo.




ANTONIO PAU




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