enero 11, 2016

CONJURO DEL ODIO A LA QUE NOS DEJÓ DE FRANCISCO DE LA COSTANA (1504)

Y tú, perversa, malvada
tan cruel como hermosa,
siempre huyes
de te dar poco ni nada
de esta mi vida raviosa
que destruyes.

Ni te puede dar pesar
este Amor, ni su poder
sabe dar medio
para te hazer mirar
que es razón ya de querer
mi remedio.
Y mi Dolor, mi enemigo,
con que a muerte y disfavores
me condenas,
no tiene poder contigo.
¡Que Dolor te dé dolores
de mis penas!

COMIENÇA EL CONJURO
Y pues su cerrado sello
assentó en el pecho mío
tan sellado,
a él solo me querello,
con él solo desafío
tu desgrado,
con él conjuro tus sañas
que te quiera descobrir
pensamientos,
por que tus sotiles mañas
se conviertan en sofrir
mil tormentos.

Aquella fuerça gigante
con que Amor derriba y cansa
el animal
que viene humilde delante
la donzella que le amansa
desigual
torne su fiera esquiveza,
que contra mí siempre vi
ser tan fuerte,
en tan humilde tristeza
que tus males ante mí
pidan muerte.

Aquel amor con que viene
la triste cierva engañada
bramando
donde el ballestero tiene
su muerte muy concertada
en alegando
te ponga tal compassión
que vayas ciega, perdida,
muy de veras
a quitarme de passión,
tanto que, por darme vida, 
morir quieras.

Aquel amor tan derecho
y querencias tan estrañas
sin temor
del ave que rompe el pecho
y da a comer sus entrañas
por amor
en ti misma lo recibas
y tan poderoso sea
con sus llamas
que rompas tus carnes bivas
por que yo solo te crea
que me amas.

de mi mal que no te olvida,
de dulçura
tal tú vengas do te llamo,
enredada, combatida
de tristura.

Aquella ravia sin ruego,
aquel dolor del abismo
tan sin vicio
con que el fénix haze el fuego
en que haze de sí mismo
sacrificio,
si crueza tal consiente,
tal dolor tú siempre tengas
por quererme
que la misma ansia que siente
sientas tú hasta que vengas
a valerme.

Aquel amor que desdeña
la donzella requerida
y encerrada,
que de esquiva y cahareña (brava, salvaje, cañera)
Amor le torna vencida,
muy penada,
y su libertad esenta
quebranta con fuerça grande
su poder,
te ponga tal sobrevienta
que por remedio te mande
obedescer.

Aquel amor no fengido
con que la madre no calla,
muy cruel,
quando su hijo ha perdido
y le busca y nunca halla
rastro de él
y jamás cierra la boca
preguntando por las calles
do estuvieron
tal te vea venir loca
preguntando a quantos halles
si me vieron.

Aquella celosa ira
que Amor rebuelve a desora
de enemigo,
con que la triste Deanira
hizo llevar la alcandora
a su amigo,
y aquellas llamas esquivas
con que sus fuerças tan fuertes
fenesció
se enciendan en ti más bivas
por que mueras de mil muertes,
como yo.

¡Ó Amor!, ¿y dónde miras?
Tu fuerça, que no paresce,
dime dóla.
¿Contra quién obran tus iras?
¿Quién mejor te las meresce
que ésta sola?
Buelve tus sañas en ella, (iras)
muestre tu poder complido
quánto puede,
por que con muerte de aquélla
que tus leyes ha rompido
firmes queden.

A éste con ravia pido
que de su mano herida
tal te veas
qual se vio la reina Dido
a la muy triste partida
de su Eneas;
y, con el golpe mortal
que dio fin a sus amores,
te conjuro
que tu bevir desleal (vivir)
no jamás de sus dolores
vea seguro.

Aquel amor que penava
a la muy triste Medea
con porfía, (insistencia)
quando sus hijos matava
y de Amor cruel pelea
la vencía,
a tu mucha discreción
ponga tales embaraços
y tal cisma,
por que crea tu passión
y ante mí hagas pedaços 
a ti misma,

y no olvide las querellas
de las penas que comigo
siempre peno,
pues es más lo poco de ellas
que lo mucho que te digo
de lo ageno.
Con todas conjuro fuerte
que este Amor te dé passión
tan sin calma
que, al cabo ya de tu muerte,
pidiéndome compassión,
des el alma.




CANCIONERO GENERAL DE HERNANDO DEL CASTILLO (1511)

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