septiembre 02, 2016

EL PENSAMIENTO ESPIRITUAL DE JUAN XXIII

La oración es el aliento del alma.
Por desgracia, la visión del mundo en el orden espiritual es triste.
Si miramos al número de los mortales, son pocos los que oran; poquísimos los que saben orar bien.
Y sobre esta muchedumbre de silenciosos y mudos ante el Señor, que sin embargo ha entablado y quiere el diálogo con cada uno de nosotros, se cierne triste y trágica la sentencia de uno de los más modernos y santos doctores de la Iglesia, san Alfonso María de Ligorio: "Quien ora, se salva; quien no ora, se condena".

Me agrada pensar que el futuro más hermoso sea precisamente una renovada estima de la oración: poner en primer plano las exigencias de la vida sobrenatural alimentada por una intensa participación en los sacramentos, y especialmente en el sacramento de la Eucaristía, pan de Dios bajado del cielo que da la vida al mundo: manjar que alimenta a los hijos de Dios, sangre preciosísima que es amor incorruptible.
Es la fuente de la eterna juventud, la fuerza contra las seducciones del mundo, el valor ante los escarnios y ante la duda.
Aquí se encuentra el fuego de la más pura caridad la vida que forja al "hombre nuevo, el creado según Dios en justicia y santidad verdadera" (Ef. 4, 24).

Quien dice oración, dice comunicación con Dios, homenaje a su infinita majestad, confianza del hijo que acude al Padre celestial, lo alaba, implora su perdón, lo bendice, le da gracias, le pide favores...
Se dan grados en esta elevación del alma.
Ésta corresponde ante todo al impulso interno que la invita a orar.
Luego penetra gradualmente en el sentido misterioso y sagrado del deber de la oración bajo todas las formas, comenzando por la oración individual, hasta llegar a la oración pública y comunitaria y a su expresión más elevada: la santa misa.

Toda alma que ora, no se siente por más tiempo sola, y ocupada exclusivamente de los propios intereses espirituales y temporales, sino que se da cuenta, mucho mejor que en el pasado, de pertenecer a un cuerpo social, de cuya responsabilidad participa, cuyas ventajas disfruta y cuyas incertidumbres y peligros corre.
Éste es, por lo demás, el carácter de la oración litúrgica del misal y del breviario.
Cada una de sus partes está señalada por el oremus, que supone pluralidad y comunidad, tanto por parte de quien ora como de quien espera el cumplimiento de su súplica, cuya oración es escuchada.
Es la comunidad quien, en unidad de oración, pide por la fraternidad humana, religiosa y civil.

El apóstol Pablo, concluyendo su carta a los Efesios, desde Roma, donde se encontraba prisionero, atado con una cadena a un soldado que lo custodiaba, se inspiraba en la armadura militar para indicar a los cristianos las armas necesarias para defenderse y vencer a los enemigos espirituales.
Y no nos sorprende que al término de su enumeración ponga en relieve especial, como arma más eficaz, la oración.
Escuchad sus palabras: "Tomad también el yelmo de la salud y la espada del espíritu que es la palabra de Dios. Orando en todo tiempo en el espíritu con toda clase de oraciones y súplicas y velando a este fin con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Ef. 6, 17-18).
Orad con toda clase de súplicas, movidos incesantemente por el Espíritu Santo.
Estad en este deber vigilantes con toda perseverancia en la oración por todos los santos.

La oración es verdaderamente el aliento del alma cristiana.
¡Con cuánta sencillez enseñó Jesús a los suyos la fórmula que conquistaría el mundo, y señalaría un programa de vida espiritual que es siempre actual, que no cansa nunca, y que siempre responde a cuanto de más noble y tranquilo hay en el espíritu humano!

La oración en lo secreto del alma, de tú a tú con Dios, tiene un valor incomparable e insustituible. El Señor nos lo ha dicho: "Cierra la puerta y ora a tu Padre que está presente en el secreto" (Mt. 6, 6).
Dijo también: "Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt. 18, 20).
Es la oración de los hermanos reunidos bajo la mirada del Padre. No es ya Pater meus (Padre mío), sino Pater noster (Padre nuestro).

El misterio de nuestra vida está en las manos de Dios.
Lo importante es caminar en justicia y santidad ante el cielo, ante nuestra conciencia, en ejemplaridad de obras caritativas y puras.

La vida sobrenatural, alimentada con los grandes medios de santificación, es la que da a cada uno fuerza en las ideas, calor de convicción, generosidad de entrega, delicadeza y finura, madurez de juicio, prontitud en la obediencia, solicitud caritativa. Aquí se encierra el secreto de una verdadera y perenne eficacia en el apostolado. De aquí brota toda iniciativa, y es bendecida por Dios.

Nuestro deber es santos.
"Sancti estote, quia ego sanctus sum" (Sed santos, porque yo soy santo).
Santidad quiere decir vida pura y alejada de las inmundicias del mundo; justicia perfecta en las relaciones sociales.
La santidad no significa ser originales, sino buscar la perfección en las cosas y en las circunstancias más sencillas, sobre los cimientos de la pureza y la caridad, de la justicia y de todas las virtudes.
Santidad es unión con Cristo, no solo por medio del bautismo que limpia y purifica, sino también por medio de la santa Eucaristía, que es el culmen de la unión con Cristo: unión con Cristo, cabeza del cuerpo místico que es la Iglesia de la que somos miembros.
Santidad es darse para honra de Dios, por amor de los hermanos, y permanecer fieles al Evangelio, a la doctrina que enseña, a la vida que encamina hacia la meta, si es necesario hacia los sacrificios más costosos.

No debemos dejarnos sorprender por espejismos falaces.
La voz de la Iglesia es como la voz de la madre: quizá pueda parecer monótona, pero tiene modulaciones de ternura y de fuerza que nos apartan del mal y nos libran de peligros.

La fidelidad a los propios ideales supone una voluntad firme de adhesión a los supremos principios, proclamados por el Antiguo y Nuevo Testamento, sobre los que se basa la tranquilidad de todos y el ordenado progreso en la vida social.
Esta fidelidad implica un constante deseo de vida cristiana, alimentada en las fuentes genuinas del pensamiento y de la acción, tanto por medio de una sólida formación doctrinal, como especialmente en la activa participación de la vida sacramental de la Iglesia, sin la cual el cristianismo profesado no es más que una apariencia.

Jesucristo pasó por el Calvario.
Murió.
Pero también resucitó.
Con estos ojos mira el cristiano los acontecimientos humanos: dolor y muerte, calamidades y miserias pueden pesar sobre sus espaldas, pero no abatir su espíritu.

El que camina en sencillez marcha con valor.
Con valor hasta la muerte, hasta el heroísmo.

Cristo es la herencia más preciada de todos los siglos.
Vive siempre entre nosotros.
Quizá es olvidado.
Pero Él está siempre entre nosotros.
Nos acompaña, quizá como un peregrino desconocido, en nuestra vida, en nuestras incertidumbres, en nuestras penas, en nuestros afanes.

Conocer las situaciones, valorarlas sin acentuarlas, proponer los remedios oportunos, confiar en la misteriosa pero segura intervención de la gracia divina: éste es el primer empeño de quien quiere combatir el mal y limitar sus consecuencias deletéreas.
También en esto, como en todo lo demás, es necesario obrar con claridad y con absoluta calma.
Es decir: iuxta posse (según las propias fuerzas).

Menos palabras sobre los deberes de los demás.
Mayor empeño en pensar en nosotros, y en aprovechar, de los tiempos en que vivimos, cuanto nos hace buenos y justos, amados de Dios y de los hombres.
Dejemos todo lo demás en manos de Dios.

El premio de la vida eterna está reservado solo a la pureza de intención.
Y ésta consiste en una cosa tan razonable y justa como es realizar todas nuestras acciones para agradar a Dios y para servirle.

El verdadero cristiano que ha hecho suya la doctrina y el ejemplo de san Pablo no sabe lo que quiere decir detenerse o, peor aún, retroceder, sino que, lleno de apacibles esperanzas y del deseo de perfeccionarse y de perfeccionar al mundo, avanza serenamente en la búsqueda continua del bien, es un continuo ahondamiento en la propia altísima dignidad de participante en la vida de Cristo, al que quiere acomodar pensamientos, afectos, actividad y trabajo.

¡Vivid con temor en el tiempo de vuestro peregrinaje, sabiendo que habéis sido rescatados, no por medio de cosas corruptibles, como son el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero inmaculado e incontaminado! (san Pedro)
¡Habéis sido comprados a un gran precio. ¡Glorificad, pues, a Dios, y llevadle en vuestro cuerpo! (san Pablo)
¡Cuánto más dignas y edificantes serían sus costumbres!

Motivos de tristeza no nos faltan -pero ¿cuándo han faltado en la historia del mundo?-, puesto que es ésta la inexorable vicisitud de la vida humana: la tristeza y la alegría, que a veces se funden y compenetran, y que en vano, en vano pensaremos poder separarlas.
La sabiduría del hombre, la sabiduría del cristiano está toda aquí: esforzarnos seriamente por librarnos de la tristeza y, en todo caso, lograr aquellas fuentes de consuelo que transforman los sufrimientos en motivos de honor, de mérito y de alegría presente y eterna.

El que siembra hoy, no recoge en el inmediato mañana.
El sembrador prosigue durante años y años su tarea.
Y cuando el tierno tallo brote de la tierra, y rinda el sesenta o el ciento por uno, el obrero cansado habrá ya quizá entrado en el gozo de su Señor.

Todo cristiano valeroso se fía de Cristo y cumple el deber según los preceptos que son norma de su conciencia: conciencia religiosa, conciencia civil, ante Dios, ante los hombres.
El cristiano no transige y se guarda de los compromisos.
Avanza impávido y seguro.
Coopera en los problemas de la paz.
Ruega por fortalecer las energías de su resistencia al mal y al error.
Invoca la ayuda celestial de la gracia que ilumina y sostiene a los fuertes.

Causan gran lástima aquellos que sirven a Dios con miras a los bienes eternos, pero dejan entrever que sirven al diablo por los temporales.
Dios ha de ser igualmente alabado y bendecido aun cuando los quita, y cuando nos lo da.
Es una gran misericordia de Dios el retirarlos de quien abusaría de ellos.
A menudo no dan la felicidad, porque no sacian los anhelos, sino que los hacen inaccesibles.
Me agrada recalcar una vez más el pensamiento de san Agustín: "Una prudente y ordenada administración de los bienes materiales llevada con espíritu de paz y con tranquilidad hace madurar en quien la ejerce el mérito que asegura la consecución de los bienes eternos.

Los pecados no deben ser amigos nuestros.
Tenemos que evitarlos, tenemos que odiarlos, para no tener que volver al vómito more canino (como de perros), según la expresión bíblica.

Debemos afirmarlo con la misma seguridad de los apóstoles: el cristianismo no es aquel conjunto de factores agobiantes de los que está libre quien no tiene fe, sino que es paz, alegría, amor, vida que se renueva, como el silencioso brotar de la naturaleza al comienzo de la primavera.
El manantial de esta alegría está en Cristo resucitado, que libra a los hombres de la esclavitud del pecado y los invita a ser, con Él, una nueva criatura, en espera de la eternidad feliz.

El mensaje de nuestro Salvador Jesús fue un anuncio de alegría.
Fue la Buena Nueva.
Se equivocaría completamente quien, como muchos pensadores y poetas de tiempos pasados, se imaginase el cristianismo como algo triste y lúgubre.
No: el cristianismo es la alegría en el orden y en la paz con Dios, consigo mismo y con el prójimo.

Todo lo que nos acerca a Jesús es bueno.
Todo lo que nos separa de Él es malo y funesto.

Con Jesús se aprende la doctrina celeste.
Con Él se trabaja en la transmisión de la gracia y en el sacrificio.
Con Él se está en la gloria del triunfo final, allí arriba con los santos del paraíso, y también aquí abajo, en los lugares que ellos han adornado con su presencia y que con razón se sienten orgullosos y seguros de su protección.

La vida cristiana es la voluntad de Dios, conocida en grado sublime en la dirección del Evangelio, de aquella Buena Nueva que invirtió el modo demasiado terreno de valorar las cosas y los acontecimientos.

Para conservar la paz del corazón es muy importante esforzarse por evitar las ocasiones de discordia y de enemistades por razón del mío y del tuyo, como muy bien lo subrayó san Juan Crisóstomo: y motivo de inoportuna y dolorosa discordia entre allegados y amigos íntimos.
Siempre es digna de ser recordada la palabra siempre nueva, del Señor al mundo, es decir, que proporciona al corazón más alegría y paz el ceder y el dar que el exigir y el recibir.

El celo apostólico pertenece esencialmente a la profesión de fe cristiana.
De hecho, cada cual está obligado a difundir entre los otros su fe, bien para rechazar los ataques de los infieles, especialmente en tiempos como los nuestros, en los que el apostolado es una empresa urgente, dadas las difíciles circunstancias por las que atraviesan la humanidad y la iglesia.

Lo que cuenta no son las cosas del mundo (la honra humana, la nobleza de sangre, la riqueza), sino cumplir con simplicidad y sencillez la voluntad de Dios, conocerlo, amarlo y servirlo rectamente, para después gozar de Él eternamente en el cielo.

Los fieles cristianos, miembros de un organismo vivo, no pueden permanecer cerrados en sí mismo, y creer que basta haber pensado y provisto a las propias necesidades espirituales para cumplir íntegramente su deber.
Por el contrario, cada uno según su posibilidad, debe contribuir al crecimiento y expansión del reino de Dios sobre la tierra.

El deseo de todos de conquistar el propio puesto en la vida es legítimo y noble.
Pero no se debe separar de la fidelidad continua en la búsqueda de la perfección cristiana.
Ésta es el deber primordial de todo bautizado,en la medida y en los límites propios de la vocación de cada uno.
Y exige rechazar el compromiso, que rehúye la lucha, y pacta fácilmente con el inimicus homo (el hombre enemigo).
Cuando están en lid los principios fundamentales de la ley cristiana, no se duda.
Cuando se disiente, aunque solo sea por un punto del Credo, es necesario decidirse.

Si a veces la Iglesia nos recuerda las amenazas de grandes penas para los débiles y prevaricadores en el camino de la vida, lo hace para apartarnos de las tentaciones del siglo, lo hace para atemorizarnos santamente y sacudirnos hasta la reanudación de la fatigosa subida.
Todo le ayuda a persuadirnos: la hermosura de la naturaleza, la intervención de los ángeles, el ejemplo de los santos.
Para nosotros todo es fascinación y encanto hasta la consecución de la alegría completa que consiste en el goce embriagador de la intimidad con Jesús.

Cuenta san Juan Damasceno que un ermitaño, Barlaam, en los últimos instantes de su vida, decía a los suyos: "Estad tan decididos en la dureza de la fatiga y en el transcurso de los años a la práctica de la vida cristiana como si cada día fuese el último,y sea el último tan fervoroso como el primero.No hagáis caso de lo que a derecha o a izquierda os puede distraer. Mirad siempre a lo que está delante: Es el premio reservado a nuestra carrera suprema en Cristo Jesús.

Cambian las situaciones orden social, pero las exigencias del espíritu humano permanecen las mismas.
Los hombres de todos los tiempos buscan, en el amor de Dios, el dispensador de la verdad, del consuelo, de la bondad.

Más que realizar una obra, interesa el espíritu con que se realiza.

Para quien tiene siempre fija la mirada en Dios, no hay sorpresa.
Ni siquiera las sorpresas de la muerte, de la muerte que es sagrada, porque es preparación para la gloria y para la alegría perenne.

Nada de militar o violento en nuestras actitudes de hombres de fe.
Es necesario, sin embargo, estar en vela en la noche, que se hace cada vez más densa.
Saber darnos cuenta de las insidias de quienes son enemigos de Dios antes que nuestros, y prepararnos para la defensa de los principios cristianos, que son el amparo de la verdadera justicia ahora y siempre.

La verdadera felicidad del hombre, la que permanece aun en medio de las vicisitudes de la vida, consiste en no perder jamás de vista el fin supremo.

La fe cristiana está bien definida por san Pablo: "Garantía de las cosas que se esperan, prueba de aquellas que no se ven" (Heb 11,1).

Ser sinceros con el Señor, saber orar con humildad y confianza absoluta esto es lo importante.

Solo quien tiene una fe viva, animada por la caridad, es superior a todas las miserias, a la mezquindad, a la malicia del mundo.
Quien, por el contrario, se deja llevar del espíritu del lucro ilícito, de la prepotencia, del odio, de la impureza, está condenado a sufrir, primero aquí abajo, porque jamás puede estar satisfecho, y luego en el otro mundo.
Fomentad, pues, la fe, hijitos míos.
Fe en Dios, justo y misericordioso, sin el cual nuestra vida sería como un día sin sol, como un universo sin luz.
Fe en la Iglesia que, por voluntad divina, guía a los hombres con bondad y firmeza hacia el cielo.

El Evangelio es la plenitud de la santidad.
Nos facilita el modelo más atrayente, que más conviene a nuestra debilidad, como la luz suave.
En sus páginas contemplamos al hombre-Dios, que es la más alta, infinita perfección.
Además de la luz bella y pura de los santos del Antiguo Testamento, el Evangelio añade los consejos más atrevidos que llevan la virtud hasta los límites del herísmo.
Enseña la adoración en espíritu y en verdad, libre de las antiguas observancias, estériles ya, de la ley antigua.
Proclama el amor de Dios más bien que el temor; la piadosa familiaridad del hijo con su padre, más que el tembloroso respeto del servidor para con su señor; la pobreza de espíritu; el desprecio y desprendimiento de las cosas propias que se podrían aún conservar, sin dejar por eso de ser buenos; el abandono de las riquezas en favor de los pobres; la simplicidad, la virginidad del corazón, la humildad.
Y, más aún, el amor a los oprobios, la alegría del sufrimiento, el perdón de las ofensas, el amor a los enemigos, el olvido de sí, el sacrificio, y aun la muerte por aquellos que amamos.

Toda las acciones humanas tienen su sanción.
La debilidad de esconderse ante la verdad, o de ocultar la verdad ante quien sea, lleva consigo reacciones terribles en el cielo y en la tierra.
Esto se llama pecado contra el Espíritu Santo, para el que no hay perdón si no hay retractación, ni en este siglo ni en el futuro.

Nuestro Señor, para perpetuar su presencia y su vida divina, fundó, en el mundo, una Iglesia única, a la que legó una fisonomía y una estructura inconfundible.
Por desgracia, el enemigo de Jesús, que es espíritu de negación, de división y de intriga, ha roto la unión del fundamento primitivo.
Y así, al lado de la Iglesia católica romana, fundada por Cristo, se encuentran, aquí y allá, fragmentos esparcidos y arrancados de la antigua construcción, y del rebaño del divino Pastor se perciben grandes grupos de ovejas, errantes, sin pastor, o abandonadas a sí mismas, o que no están de acuerdo entre sí, con multitud de hombres y colores.

La difusión de la verdad y de la caridad de Cristo es la verdadera misión de la Iglesia, que tiene la obligación de ofrecer a los pueblos, según sus fuerzas, las riquezas sustanciales de su doctrina y de su vida, fermento de un nuevo orden social cristiano.

La Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días, casi nunca ha conocido la tregua de la paz.
Y aun agitada por tantas tempestades, ha mantenido siempre el mismo indomable valor y la misma fortaleza porque fue cimentada por Cristo sobre roca dura.

El empeño primordial de la Iglesia es la propagación del reino de nuestro Señor.

El mundo no puede prescindir de Cristo; pero hay quienes lo adoran y quienes lo detestan, quienes lo aman y quienes lo odian.

La Iglesia ha sido instituida para que se cumpla el deseo contenido en la primera página del evangelio de San Juan: A cuantos lo han acogido, les dio la posibilidad de ser hijos de Dios.

También la Iglesia ha tenido, durante el curso de los siglos, enemigos que han intentado encerrarla como en un sepulcro, celebrando, de vez en cuando su agonía y su muerte.
Pero ella, que tiene en sí la fuerza invencible de su Fundador, siempre ha resucitado nuevamente con Él, perdonando a todos, garantizando la serenidad y la paz a los humildes, a los pobres, a los que sufren, a los hombres de buena voluntad.

La nave de la Iglesia, que tomó del primero de los apóstoles, Simón Pedro, hijo de Juan, lanzada al mar, tocó todas las costas del mundo, afrontó y soportó todas las tempestades, pero después de dos mil años, destrozada y llevando las señales de las adversidades sufridas, está todavía ante nosotros, más firme que nunca, pronta a desafiar nuevos vientos y nuevas tempestades, segura de no afondar, como sucumbieron y desaparecieron y deberán desaparecer aún todas las elucubraciones e instituciones del espíritu humano, que no vislumbran el horizonte celeste y que e ven obligadas a mantenerse a ras del suelo, y a errar en las sombras.

La Iglesia católica no rehúye su labor de madre y maestra.
Lejos de condenar, ansía presagiar días menos difíciles para todos, más serenos para las familias, más edificantes para las nuevas generaciones.
Se alegra cuantas veces en las reuniones internacionales triunfan los principios del derecho natural y divino, y son escuchadas las legítimas aspiraciones de los pueblos sin distinción alguna; todos admitidos en el único privilegio de servir a la persona humana, de favorecer el camino de la criatura hacia el encuentro con el Creador.

No se maravilla de que los hombres no comprendan en seguida su lenguaje.
Que se sientan tentados a reducir, al pequeño esquema de su vida y de sus intereses personales, el código perfecto de la salvación individual y del progreso social.
Que a veces aminoren el paso.
Sigue exhortando, suplicando, estimulando.
La Iglesia enseña que no puede haber discontinuidad ni ruptura entre la práctica religiosa individual y las manifestaciones de la vida social.
Depositaria como es de la verdad, quiere presentarlo todo y obtener la gracia de santificarlo todo en el ámbito doméstico, cívico, internacional.

La caridad para con los hermanos se desarrolla plenamente cuando encuentra un corazón limpio de todo afecto mundano, de toda ambición, de cálculos y segundas intenciones.

La caridad es una gran escuela, y las manos que se acostumbran a socorrer a los pobres ejercitarán siempre y en todas partes la bondad, la mansedumbre y una noble honradez.

Cuando en los programas que oís anunciar de esto o aquello hay otra cosa, pero no hay amor, desconfiad, hijos, desconfiad.

El precepto del amor distingue la revelación cristiana de las enseñanzas de todas las otras religiones.

El amor lo es todo.
El amor es la base de la civilización.
El amor es el sustrato de cuanto Cristo ha predicado al mundo.











(continuará)

No hay comentarios:

Publicar un comentario