septiembre 12, 2016

EL BANDARRA ESPAÑOL

Cuántas veces habremos empleado esta palabra de tan espectacular sonido y cuántas veces más la habremos escuchado, sin que en realidad hayamos pensado en su significado o su procedencia. Cierto que su uso es más frecuente en otras partes de España, como en Cataluña, en donde se emplea con profusión, que en nuestra querida Andalucía, pero en cualquier caso, es de uso corriente. 

Pienso que su sonoridad, tan semejante a "bandido", no nos ha hecho cavilar demasiado sobre su etimología y que, yo, al menos, pensé en una deformación del termino, tan de moda en los últimos años; algo así como inventamos "sudaca", para sudamericano.
Si atendemos al Diccionario de la Real Academia, bandarra es sinónimo de sinvergüenza, aunque puede tener otras acepciones como vago o gandul.
Pero además de su semántica, Bandarra es el nombre de una persona que, por cierto, influyó de algún modo en unos acontecimientos ocurridos en el siglo XVI y de los que quiero hablar en esta ocasión.
El cuatro de agosto de 1578 tuvo lugar una batalla en la ciudad marroquí de Alcazarquivir, de cuyo desenlace se derivaron hechos de enorme trascendencia para la historia de la Península Ibérica.
Reinaba en Marruecos el Sultán Abbdel Malik, que había depuesto, por la fuerza, a su antecesor Muley Ahmed. Éste, sediento de venganza, invitó al rey de Portugal, Don Sebastián, a que le ayudase a recuperar el trono, haciéndole promesas altamente interesantes sobre posibles relaciones comerciales con todo el norte de África, zona que controlaba el Sultanato Marroquí.
No eran tiempo para andarse pensando en las repercusiones, sobre todo para Portugal, que tenía a España pisándole los talones en todo el mundo y que necesitaba forzosamente ampliar sus fronteras comerciales, así que Don Sebastián, con un poderoso ejército compuesto por dieciséis mil hombres, desembarcó en Arcila, cerca de Tánger, para dirigirse a Fez reunirse con las tropas fieles a Muley Ahmed y presentar batalla al usurpador.
Contaba el rey portugués con importantes ayudas, como la de su tío carnal, el rey Felipe II de España, así como otras procedentes de Italia y Alemania. Dicen que Don Sebastián, tan convencido estaba de su superioridad, que llegó a decir en vísperas de la contienda que, una vez repuesto Ahmed en el trono, pasaría a cuchillo a todos los judíos que no quisieran abrazar la religión católica.
A orillas del Wed al Makhazin, "El Río de la Podredumbre", muy cerca de Alcazarquivir, se encontraron los dos ejércitos y, como dirían los anales, trabaron singular batalla.
Sorprendentemente, las tropas aliadas fueron derrotadas y Don Sebastián muerto, lo mismo que los otros dos sultanes contendientes. Por eso a esta batalla se la conoce también como la de los Tres Reyes. El cuerpo del monarca portugués no fue encontrado y esa circunstancia junto con una tradición que desde entonces se celebra por el pueblo judío, fomentaron una historia de "mesianismo" a la moderna que es lo que anda en el cogollo de este artículo. Las reglas tácitas de la guerra impiden sobrevivir si el rey ha muerto en el combate y por esa razón, nadie dice haber visto morir al monarca ni es encontrado su cuerpo jamás.
Dicen que los judíos, al conocer las intenciones de Don Sebastián, se retiraron a orar a sus sinagogas, en donde permanecieron hasta que tuvieron noticias felices del desenlace de la batalla y de la muerte del que prometía ser su azote. Lo cierto es que la comunidad judía de Tánger, Tetuán, Fez y todas las ciudades importantes del norte de Marruecos celebran desde entonces aquel día, como día de su salvación, como el día en que se produjo un milagro para el pueblo de Israel.
La desaparición del querido rey lusitano provocó una oleada de hondo pesar entre sus súbditos que le guardaron luto riguroso y que no se conformaban con creerle perdido, iniciándose un movimiento que se denominó "Sebastianismo", que propugnaba la venida del Rey Deseado, como se le conocía familiarmente, para acabar con todos los problemas del país.
El instigador del mito fue el poeta Antonio Gonzalves Bandarra, conocido simplemente por su apellido, el cual era un zapatero nacido el año 1500 en la ciudad de Trancoso, en el distrito de Guarda y al sur del río Duero.
Este extraño individuo se consideraba un profeta moderno y sus versos, de encendido mesianismos, hicieron creer a los portugueses que Don Sebastián iba a volver, convertido en un moderno Mesías.
Bandarra era listo. Sabía leer y escribir y conocía la Biblia a la perfección y en cada una de sus trovas incluía pasajes de la Sagradas Escrituras que venían al caso, con lo que daba a sus escritos un carácter profético nada desdeñable.
La Inquisición, que entonces no se andaba con chiquitas, prohibió sus libros y por poco no termina con él en la hoguera, pero ciertamente la condición humana es como es, y no de ahora, lo es de siempre y no por mucho prohibir se puede evitar, así que los ciudadanos siguieron leyendo sus profecías que se transmitían en forma de manuscritos copiados por los propios ciudadanos.
Esto hizo que durante algunos años, varias personas, o mejor dicho, algunos personajes de la época, hiciesen creer que eran el desaparecido monarca. Usurpadores de la identidad real, impostores que conseguían una efímera notoriedad antes de terminar en la horca o en la hoguera. Uno de estos "insignes" personajes, quizás el más conocido y mejor preparado en su papel de "rey aparecido", fue, sin dudas, el "Pastelero de Madrigal".
Gabriel de Espinosa, identidad real del insigne pastelero, pudo haber nacido en Toledo, porque es allí en donde se ha encontrado el documento más antiguo que hace referencia a su examen de capacitación para confeccionar pasteles de carne y empanadas, título con el que se presenta en la ciudad abulense de Madrigal de las Altas Torres, en compañía de una mujer, Isabel Cid y de una hija de ambos a la que llaman Clara Eugenia.
De refinados modales, experto jinete y enigmático pasado, dominaba varios idiomas y además, era pelirrojo, como gran parte de la familia real portuguesa. El pastelero hace resaltar su parecido físico con el desaparecido rey luso y sin pregonarlo, se deja querer en su papel, no deshaciendo ninguna duda sobre su verdadera identidad. La leyenda afirmaba que era hijo de Juan Manuel de Portugal y de una doncella de palacio llamada Juana Espinosa, lo que le convertiría en hermanastro de Don Sebastián.
También residía en Madrigal, Fray Miguel de los Santos, antiguo confesor de Don Sebastián y deportado del país por haber jugado en contra de la candidatura de Felipe II como rey de Portugal. Y una tercera persona, quizás el fiel contraste de que podía tratarse de una historia verdadera, también vivía en la misma ciudad, cuna de Isabel la Católica.
Se trataba de doña María Ana de Austria, hija natural de don Juan de Austria y de doña Ana de Mendoza, sobrina por tanto del rey de España, la cual profesaba hábitos en el convento de las Agustinas de aquella ciudad.
Quizás provocado por el propio pastelero, la monja lo ve y reconoce en él a su primo el desaparecido rey Don Sebastián. Enterado de esta circunstancia Fray Miguel de los Santos, comenzó a tener visiones en las que se materializaban la monja y el pastelero, unidos como reyes de Portugal.
La noticia corrió de boca en boca y llegó hasta el país vecino, desde donde numerosos nobles y cortesanos se pusieron en camino para entrevistarse con el aparecido Don Sebastián. Mientras, los primos, solicitaron las oportunas dispensas para contraer matrimonio, pues además del parentesco, ella había jurado los votos de la orden en la que profesaba.
Con ocasión de ir a Valladolid a vender unas joyas, pertenecientes a su prometida y a la vez supuesta prima, Gabriel Espinosa fue detenido, ocupándosele además, diversas cartas en la que se le trataba de Majestad por algunos nobles, así como correspondencia de amor de María Ana.
Existía en Valladolid un cargo llamado Alcalde de Crimen, el cual era detentado por un letrado que formaba parte de la Real Audiencia de Castilla, cargo que a la sazón ejercía Rodrigo de Santillán, el cual, oliendo algo raro en todo el entramado, se dirigió a la Corona, a la que puso en antecedentes. Felipe II le encargó que supervisase el proceso de manera personal y directa, y Santillán así lo hizo y cumpliendo órdenes del propio rey, retiró a doña María Ana del convento y encarceló a Fray Miguel y a Gabriel Espinosa.
El proceso subsiguiente terminó condenando a ambos a la horca, lo que no hizo más que acrecentar la creencia popular de que se estaba ante el verdadero rey Don Sebastián, tanto fue el aplomo, la altivez y dignidad que el pastelero adoptó durante la causa y ante el cadalso, cuando él mismo se ajustó en el cuello la soga que terminaría con su vida.
Bandarra siguió con sus encendidas y mesiánicas poesías, verdaderas soflamas a favor de la venida en cuerpo mortal del deseado rey y la historia quedó así.
Años después, el relato de lo ocurrido inspiró a José Zorrilla su drama en tres actos que se titula Traidor, Inconfeso y Mártir; y a otro escritor, de menor prestigio, pero de muchísima mayor producción literaria, Manuel Fernández y González, la novela que lleva por título El Pastelero de Madrigal.
Recordando a este autor, me viene a la memoria una anécdota que de él contaba mi institutor de literatura en el bachiller. Decía aquel profesor que tal era la capacidad creativa de Manuel Fernández y González, que tenía varios secretarios a los que dictaba sus novelas a velocidad de vértigo, lo que le permitía publicar con una frecuencia poco común, pero tanta proliferación hacía que a veces no se acordara bien del tema que estaba narrando y alguna persona que aparecía fallecida a mediados de la obra, regresaba perfectamente resucitada después, o errores de mayor calado incluso. Esto hizo que la ironía popular, a la vista de la calesa con la que el escritor se desplazaba por Madrid y en la que tenía pintada en ambas puertas las iniciales de su nombre en letras doradas: M.F. y G., lo rebautizara llamándolo "Mentiras Fabrico y Grandes", con el que al final fue muy conocido.
Murió el escritor en la más absoluta pobreza, sin que sus cualidades le fueran reconocidas salvo por el Ateneo de Madrid y subsistiendo gracias a la ayuda de dos de sus secretarios que lo mantenían económicamente, uno de los cuales era Vicente Blasco Ibáñez.
Y de aquel Bandarra, profeta aprovechado, nos ha llegado una sonora palabra incorporada a nuestro léxico, que significa sinvergüenza, vago, holgazán o gandul, expresiones con las que sin duda se define perfectamente al personaje que murió, en loor de multitudes porque el sucesor de Don Sebastián, Juan IV, se empeñó en que el pueblo portugués lo recibiera como el Monarca-Mesías que propugnó Bandarra y movilizó toda su trastienda para popularizar por calles y plazas las profecías del bardo.


JOSÉ MARÍA DEIRA

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