agosto 23, 2016

LA LUCHA DE NORMAS EN EL ESPAÑOL

Dice el andaluz Ambrosio de Morales (1513-1591) que la naturaleza (el habla popular, el lenguaje del pueblo) no es maestra de la perfección en el hablar bien, que es un hablar diferente del habla del común de los españoles, porque -dice- para ser poeta, hay que apoyarse en el artificio, en las normas que piden las leyes de la profesión de poeta y escritor. Fray Luis de León repite esta misma idea con estas palabras escritas en el 1585 "Piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo,y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio"

En segundo lugar, se cree que es excesivo otorgar al habla burgalesa o a la toledana el título de "dechado del buen decir", cuando el castellano de Andalucía, dicen algunos, es tan primoroso como lo pueda ser el de Burgos o el de Toledo.Y así, el poeta sevillano Fernando de Herrera (1534-1597) o Juan Martín Cordero escritor residente en Amberes por la misma época, opinan que el castellano con norma andaluza es más fácil, más dulce y de mejor pronunciación que el castellano de Castilla la Vieja o de Castilla la Nueva; de este modo se defienden del ataque que Juan de Valdés hacía a Nebrija.

En tercer lugar, los escritores afirman que el modelo del bien hablar tiene que ser el lenguaje artístico, o sea, el conseguido por los grandes poetas y estilistas. Ni el habla de Burgos o de Toledo, ni el habla del pueblo o del refranero, ni el habla de la Corte podían ser los modelos para ser imitados, sino el lenguaje creado por los buenos escritores, por poetas como Garcilaso de la Vega (1503-1536) a quien aclamaron con el título de "príncipe de los poetas castellanos" y a quien esos escritores descubren y aceptan como autoridad suprema de la lengua; autoridad que cincuenta años atrás Valdés y otros echaban en falta cuando se comparaba el nacimiento del italiano con escritores tan consagrados como Dante, Petrarca y Boccaccio con el nacimiento del español, huérfano de autoridades literarias semejantes.

Fray Luis fue un artista exquisito y en sus escritos como La perfecta casada o en Los nombres de Cristo, ambos publicados en el 1583, sometió al lenguaje a una selección minuciosa buscando en cada frase y entre ellas una relación numérica, es decir una armonía musical. Se le considera como el supremo ejemplo de escritor en español que busca la perfección formal en prosa y en verso, en esta época.

Otro escritor, Huarte de San Juan, escribe en su Examen de Ingenios (1575):

... antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebreo y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber esta lengua mejor que ninguna otra.

Estas y otras autorizadas opiniones sobre la alcanzada capacidad del castellano,del romance español para expresar cualquier tipo de conceptos, por muy elevados que éstos fueren, permitió que escritores místicos como Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz pudieran expresar lo inexpresable de sus inefables experiencias sobrenaturales mediante los instrumentos retóricos y léxicos que les ofrecía la lengua del pueblo, el español. Son escritores castellanos que se ven obligados a crear un lenguaje metaforizante y alegórico de la relación del alma con Dios.

Teresa de Ávila emplea el habla hidalga de Castilla la Vieja del último tercio del siglo XVI y el conceptismo de los cancioneros; el habla de la Corte ya no es el modelo a seguir. Frases como las que siguen son ejemplo del uso del español por esta escritora: "Recio martirio sabroso", "Vivo sin vivir en mí", "Que muero porque no muero", "Oh, mi Dios y mi Criador! que llagáis y no ponéis la medicina, herís y no se ve la llaga, matáis dejando con más vida".

Juan de la Cruz en su obra de 1627, Cántico espiritual, usa con notable acierto lo culto no latinizante de las metaforizaciones a la manera de Garcilaso y lo popular-tradicional de los villancicos y Cancioneros: La soledad sonora, Los Valles solitarios, nemorosos, La música callada.

Miguel de Cervantes (1547-1616) es uno de los escritores más interesados por las cuestiones del lenguaje. Percibe y recrea con agudeza todos los registros lingüísticos de las distintas esferas sociales españolas de la época. Posee un fino sentido sobre la palabra y una facilidad asombrosa para jugar con ellas, tanto con su cuerpo fónico, con los sonidos, como con el significado, con el concepto, siguiendo así la tradición cancioneril y refranera del idioma español.

Como gran innovador que fue, Miguel de Cervantes no vivió al margen de los problemas lingüísticos de su tiempo y su preocupación por el lenguaje la expone en muchas de sus obras. En la Galatea (escrita en 1585) defiende el enriquecimiento de la lengua mediante la creación de neologismos y se declara admirador de Herrera como defensor de la necesidad de crear nuevas palabras (neologismos) que amplíen la expresividad del idioma español. Escribe que no importa que no se entiendan, al principio, los nuevos vocablos de estos creadores de palabras porque el uso los irá introduciendo y se entenderán después con facilidad. En El Quijote (1605) encontramos pasajes que nos ilustran este aspecto.

El ambiente social ycultural del siglo XVII favorece el juego del ingenio y la novedad en el uso del lenguaje: era bien visto sorprender con agudezas y equívocos de doble sentido; halagar el oído con expresiones nuevas y eruditas se defendía como norma de bien hablar. Se rebaja un poco la serenidad y el equilibrio clásicos encaminándose la moda hacia actitudes ornamentales tanto en las artes plásticas como en el lenguaje literario: el Barroco. Esta es la actitud de los escritores culteranos y de los conceptistas, variantes más teóricas que reales de la fantasía, el malabarismo, la dislocación, la concentración de ideas y sonoridades: "¡Tantos desvelos por vos! Yo lo estoy de tal manera..." (desvelado); "¿Vas Leonardo a casarte o por ventura lo estás?" (casado) son frases en las que se observa la dislocación de los sintagmas con deixis pronunciadas y son ejemplo de la concentración de conceptos en la exposición de las ideas.

La dirección aristocrática en el uso del lenguaje iniciada por el andaluz Fernando de Herrera llegó a su cima con la poesía del cordobés Luis de Argote y Góngora (1561-1629). Ahora primará la libertad absoluta para crear el latinismo léxico y sintáctico. Góngora busca y acepta los cultismos por su sonoridad, valor expresivo y halago a la inteligencia. Su fórmula ha producido muchas palabras que han perdurado y se conservan consolidadas como patrimonio del lenguaje y típico ejemplo de la sonoridad gongorina: adolescente, intonso, métrico, náutico, progenie, cóncavo, canoro, frustrar, sublime, palestra, fulgor, candor...son algunos ejemplos.

El gongorismo en el lenguaje triunfó y resultó grato al público y a la tradición literaria durante todo el siglo XVII y principios del XVIII. Este estilo de idioma capaz de creaciones como: "Pasos de un peregrino son errante/ cuantos me dictó versos dulce musa" que hicieron Góngora y el culteranismo fue un revulsivo para la época y fue criticado duramente por casi todos los escritores contemporáneos desde Cervantes y Lope de Vega hasta Quevedo; quienes no aceptaban el abusivo uso de los culteranos hacían del hipérbaton y del lenguaje figurado: "licoriza por átomos en tropa": significaría "echa poco y a menudo" o sea escancia el vino. Este juego lingüístico artificioso era imitado por la sociedad, y gustaba a damas y caballeros de la época quienes tenían a gala hablar así, a lo gongorino. Quevedo propuso, como antídoto a los culteranos, reeditar las obras de los más puros poetas castellanos para que sirvieran como ejemplo y eso hizo con la obra de Fray Luis de León.

Si los culteranos utilizan el cultismo, el hipérbaton, las metáforas, la ruptura de la frase para crear este estilo barroco, no otra cosa hacen Francisco de Quevedo (1580-1645) y Baltasar Gracián (1601-1667) para crear el estilo, también barroco, de habla conceptista. Estos autores y sus seguidores opinan que el lenguaje debe estar al servicio de la idea, del concepto, adaptando el léxico y la sintaxis a la idea y al ejercicio intelectual que el concepto estimula. Un narizotas es para Quevedo: Un hombre a una nariz pegado; utilizan los mecanismos de composición y de derivación que les ofrece la estructura del idioma érase un naricísimo infinito. Las frases de su prosa no son largas, ciceronianas, sino cortas, en las que juegan con palabras e ideas al modo de los cancioneros, de los libros de caballería e incluso de las paradojas místicas teresianas como la del que muero porque no muero. Este mismo lenguaje de juegos de palabras e hipérboles estaba muy al uso por las damas y galanes de las comedias de Lope. Imitan, sin duda, al latín, la lengua madre, en ese rasgo de concisión y precisión del que hablábamos como caracterizador de la lengua latina.

Para Quevedo y los suyos los mulatos eran hombres crepúsculos entre anochece y no anochece; y para Gracián un desmayo es un eclipse del alma, paréntesis de su vida. Así que no es de extrañar que el estilo culterano sea tan ininteligible, en ocasiones, como el de sus enemigos los conceptistas. Eran sonadas las peleas lingüísticas entre unos y otros por la falta de una autoridad aceptada por todos y para siempre,como sucede cuando se cree la Real Academia Española años más tarde. Sin embargo, tanto el verso como la prosa de estos escritores demuestra la calidad a la que había llegado el español, como puede verse en esta Máxima de Gracián escrita por el año 1647:

Saber estimar. Ninguno hay que no pueda ser maestro de otro en algo; ni hay quien no exceda al que excede. Saber disfrutar a cada uno es útil saber: el sabio estima a todos porque reconoce lo bueno en cada uno y sabe lo que cuestan las cosas de hacerse bien. El necio desprecia a todos por ignorancia de lo bueno y por elección de lo peor.

Las afirmaciones que se han hecho y que se hacen sobre la temprana imposición por ley de la oficialidad del castellano (más tarde español) frente a las otras lenguas españolas están indocumentadas, son falsas si no mal intencionadas políticamente con ánimo de crear aduanas lingúísticas, barreras lingüísticas que rompan la convivencia multisecular de las gentes de los pueblos de España. El español se ha mantenido y difundido, sobre todo, por el impulso de sus hablantes y de sus escritores. Los responsables de que las gentes de sus territorios y sus inmigrantes carezcan del suficiente conocimiento de esta lengua de intercomunicación interterritorial serán juzgados por la Historia con poca benevolencia y agriamente criticados por las generaciones futuras.



LENGUA ESPAÑOLA
(Para Filología Inglesa)
F. Miguel Martínez Marín
Emilia V. Enríquez Carrasco
Ángeles Estévez Rodríguez

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