diciembre 24, 2015

LA GRANDEZA DE ÁNIMO ARETÉ ANTE EL INFORTUNIO

En el mundo homérico los dioses impulsan a los hombres al mal, a la locura. Claramente lo dice Agamenón: "yo no soy culpable, sino Zeus y el hado y la Erinia, que va y viene entre las tinieblas... ¿Qué habría podido hacer yo?".

Habituado, paradójicamente, a la excepcionalidad del héroe, del combate, de la fatal herida, el lector de la Ilíada es sorprendido, aquí y allá por fragmentos de realidad modestos, entrañables, reconocibles: la sustancia no épica de la vida (símiles cinegéticos o de fuerzas naturales, la adormidera que en el huerto está cargada de su propio fruto, la de un niño haciendo castillos de arena en la playa y luego destruyéndolos con alegría loca para rematar su diversión que se compara con el afán de Apolo por destruir en ocasiones las obras y trabajos de los hombres...)

Pero el viejo Príamo, aconsejado por los dioses, hace de tripas corazón y va al campamento de su verdugo para implorarle que le devuelva ese cadáver de Héctor y poder hacer en Troya sus honras fúnebres. Aquiles parece compadecerse del anciano y prepara una cena copiosa para los dos... ambos se recrearon mirando al otro (por el noble rostro y sus palabras).
Este final de la Ilíada deja entrever que detrás de la acción épica actúan fuerzas de otro calado, más privadas y comunes, de menor magnitud si se quiere, pero de una dimensión humana mas honda.

La problematización trágica de la ecuación entre libertad y destino, un tema axial de la cultura griega.

Dice Píndaro en sus Odas olímpicas "Bueno es que el hombre cuente de los dioses solo lo hermoso".
El hombre no está solo, su energía, sus virtudes y su dicha como repite Píndaro una y otra vez- tienen su origen en el más allá de los inmortales y éstos dictan su destino, pero ese destino es inescrutable "encuentra cada ser un barrera en el destino al que se encuentra uncido" (Nemea VII v.7), porque la mente humana "está cegada ante el futuro" (Olímpica XII v.9).

La existencia de los dioses nos da la medida de la fragilidad y de la contingencia humana, pero es también la fuente y el espejo de nuestra nobleza.

El desarrollo virtuoso de la humanitas es ya el único camino para alcanzar el prestigio, la reputación - y acaso la gloria-, pero solo una mente religiosa -y esto es un punto fundamental- es capaz de llevar adelante esta areté de naturaleza humana.
"Nada es el hombre.. Y con todo, la grandeza de espíritu nos acerca a los inmortales".

"Y si un hombre posee la opulencia y a los otros supera en hermosura y, ademas, ha vencido en los Juegos, mostrando así su casta, recuerde que los miembros que viste son mortales, y que será la tierra, al fin de todo, su postrer vestimenta".

Como decíamos, no todos los héroes de la tragedia griega son inocentes, pero en justicia no puede decirse que sean culpables, en un estricto sentido moral, de su aciago destino. ¿Es Ayax culpable, en puridad, de los actos deshonrosos que le ha hecho cometer la locura y suicidio que le infunde Atenea?¿No es Edipo víctima del azar al haber matado a su padre sin saber que lo era?¿No es Fedra un instrumento de la diosa Afrodita cuando provoca con su pasión amorosa su propia ruina, la de su hijastro Hipólito? Pero ¿acaso la enemistad de Atenea por Ayax no provenía de haber declarado, tiempo atrás, el héroe griego no necesitar la ayuda de los dioses para alcanzar la gloria y los triunfos militares?¿Acaso la ruina de Edipo no viene también por su empecinamiento en llevar a cabo su inquisición a pesar de todas las advertencias de signo contrario?¿Y acaso en el espiritual Hipólito no encontramos la soberbia del que desdeña los necesarios impulsos vitales que encarna Afrodita?

El término hybris, ese afán desmedido, de la excesiva soberbia, de la ausencia del temor, del desconocimiento de las limitaciones humanas, que provoca la cólera de los dioses contra el humano.

Sófocles concibe al ser humano como edidaxato "el que se ha enseñado a sí mismo".

Frente a las ambigüedades o el franco rechazo de buena parte del pensamiento griego, donde la libertad parecía siempre quedar constreñida por la voluntad de los dioses y la determinación del destino, Cicerón consideró imprescindible una clara toma de postura en este aspecto, y en su tratado Sobre el hado, aun admitiendo las propensiones y condicionamientos del ser humano, defendió la idea del libre albedrío como un asunto innegociable, sobre el que no era posible transigir.

La conciencia del deber como noción nuclear -frente a otras instancias clásicas como el placer o la utilidad, y opuesta por añadidura a la consideración moderna de los derechos como eje y fundamento de la dignidad del hombre -es un presupuesto esencial de la mente humanista, que tiene en Cicerón a su primer y explícito postulador.

¿Son hombres y mujeres o son bestias?Se pueden vincular entre si? La violencia irreparable y la inevitable animalización. ¿Vale algo la amistad? 
Cicerón concibe a la memoria como una parte de la virtud de la Prudencia.
¿Horacio manifiesta la aversión por la mayoría hasta el punto de afirmar que fue la propia Musa quien le concedió la capacidad de despreciar al vulgo (mezquino-malignum, pérfido-infidum, e inconstante-ventosum).



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