diciembre 05, 2015

EL ARPA DE LA MUERTE DE LUIS TOPACIO

Antes de que el sol hubiera evaporado con su fuego el rocío de la noche, había salido de su casa a buscar pan para sus hijos, y cuando el día se había ocultado bajo la mortaja melancólica de noche estrellada, volvía al hogar maldito muriendo de angustia y de frío.

Llegó. Empujó la puerta, y, como un sollozo de cementerio, se oyó:
-¡Danos pan!¡Tenemos hambre!
Son los niños. Unos rubillos y demacrados que claman al verle:
¡Danos pan, que ya es de noche!¡Danos el pan que has traído!

El padre silencioso, inclina su augusta y arrugada frente. Se sienta pensativo, en un rincón obscuro, y lágrimas amargas, que cortan su voz semejan diamantes de dolor que resbalan sobre su cara de miseria. En torno suyo se agrupan sus tiernos y hermosos hijos
-Dadme el arpa-dice entonces.

Los querubines hambrientos arrastran el arpa con esfuerzos de titán, y él, febril, loco, neurasténico, arranca de sus cuerdas maravillosos sonidos.

Al mágico conjuro del arpa olvidan su hambre los niños, y dan saltos, y cabriolas, y bailan con frenesí desesperado. Cae uno rendido y grita:
-¡Quero pan!
Mas vuelve a brincar de nuevo y ahoga en baile sus gritos. Sigue la danza endiablada mucho tiempo, mucho tiempo...

El baile les fatiga. Sus cuerpos se rinden y, poco a poco, un tras otro se quedan todos dormidos.
El padre, que los vigila, cesa en su música sarcástica y arrodillándose, gime:
-¡Dios mío!¡Ved mis hijos!¡Ved mis hijos!

.-.-.-.-.

A la mañana siguiente aun dormían, y cuando quiso el padre despertarlos vio que a la música divina de su arpa, habíanse dormido para siempre.



Revista Vida Socialista
1910

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