marzo 21, 2014

EL ARTE DE INSULTAR DE ARTHUR SCHOPENHAUER

Para los alemanes es incluso bueno que las palabras sean algo largas, pues como son tardos de pensamiento, así disponen de tiempo para reflexionar.

El rasgo nacional por antonomasia de los alemanes es la pesadez. Se manifiesta en sus andares, en sus actos, en su lengua, en cuanto dicen, en lo que cuentan, en sus entendederas y en sus pensamientos, pero, muy especialmente, en su estilo al escribir.

Téngase presente siempre la frase de Baltasar Gracián: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno", que, creedme, se debe recomendar muy especialmente a los alemanes.

Ya Platón se burlaba de esas pretensiones de la astronomía y recordaba que lo sublime y elevado no es necesariamente lo que está arriba (República, libro VII).

Desde el punto de vista de la filosofía, se podría comparar a los astrónomos con gente que asistiese a la representación de una gran ópera, pero sin distraerse con la música o el argumento, sino interesándose solamente por la tramoya y los decorados, y que al final se considerase muy afortunada por haber comprendido perfectamente la disposición y el funcionamiento de los mismos.

La naturaleza -que sabe que homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre)- dotó al hombre de barba para evitar que en las negociaciones o en situaciones imprevistas, y a menudo peligrosas, el adversario descubra sus emociones. La mujer, por el contrario, puede prescindir de ella, ya que en su caso la ocultación y el fingimiento (contenance) son facultades innatas.

El hombre es el único animal que causa dolor a otros sin ninguna finalidad ulterior. Los demás animales nunca lo causan más que para saciar su hambre o en el calor de la pelea... Ningún animal tortura nunca meramente por torturar, pero sí lo hace el hombre, y en esto consiste el carácter diabólico, que es mucho peor que el meramente animal.

El hombre es en el fondo un horrible animal salvaje. Lo conocemos solo en el estado de sumisión y domesticación que recibe el nombre de civilización, y por ello nos asustan las explosiones ocasionales de su naturaleza. Pero tan pronto desaparecen el candado y las cadenas del ordenamiento legal y se abre paso la anarquía, se muestra como el que realmente es. Quien desee ir sabiéndolo ya, sin necesidad de esperar a que se den esas ocasiones, puede convencerse leyendo alguno de los cientos de relatos antiguos y modernos en los que se echa de ver que el hombre nada tiene que envidiar a los tigres y a las hienas en crueldad e inexorabilidad.

La gente, tal y como es por regla general, toma a mal que no se comparta su opinión... De una controversia con ellos, la mayor parte de las veces lo único que sacaremos es una gran irritación, puesto que no solo tendremos que enfrentarnos a su incapacidad intelectual, sino que muy pronto también a su baja estofa moral.

Ni para la música, ni para la poesía ni para las artes plásticas tienen las mujeres real y verdadera sensibilidad y receptividad... Su propia naturaleza las lleva a considerar todo como un mero medio para ganar al varón, y su interés en cualquier otra cosa distinta de esa es solo simulado, un mero rodeo, y en el fondo mera coquetería e imitación simiesca.

Vemos en las obras de diversos historiadores romanos cómo en todas las épocas los judíos han provocado la repugnancia y el desprecio de los demás pueblos: en parte puede que ello se deba a que eran el único pueblo de la Tierra que no atribuye al hombre existencia alguna después de esta vida, por lo que se les consideraba como ganado, como un desecho de la humanidad, pero también como grandes maestros en el arte de mentir.

En todos los países, los juegos de cartas se han convertido en la principal actividad social, lo que indica el valor de esas sociedades y representa el acta de defunción de todo pensamiento. Como no tienen ideas que intercambiar, se intercambian naipes y tratan de sacarse los cuartos. ¡Qué raza deplorable!

Para lograrlo (que, a cambio de las relaciones sexuales, el hombre se comprometa a cuidar de la mujer y de los hijos), el sexo femenino ha de mantenerse unido, mostrando un esprit de corps. Como, por su superioridad física e intelectual, la naturaleza ha puesto al sexo masculino en posesión de todos los bienes terrenos, las mujeres cierran filas y forman una piña para enfrentarse a ese su enemigo común, el cual ha de ser vencido y conquistado, para que así, poseyéndolo a él, ellas accedan a la posesión de los bienes terrenos. Debido a esto, la máxima del honor de todo el sexo femenino es que los hombres renuncien a toda relación sexual extramatrimonial. Así, se verán obligados a contraer matrimonio, que es una especie de capitulación, y de ese modo se proveerá de lo necesario al sexo femenino en su conjunto.

En último término, el matrimonio morganático, contraído a pesar de todas las condiciones externas, es una concesión que se hace a las mujeres y a los curas, dos clases a las que en lo posible hay que evitar hacer concesión alguna.

En lo tocante a los méritos solo hay dos maneras de comportarse: o bien tenerlos uno mismo, o bien no reconocerlos en los demás. La segunda es la que, por su mayor comodidad, se prefiere la mayor parte de las veces.

Para tener en todo momento a mano una brújula segura que nos permita orientarnos en la vida y contemplarla siempre a una luz correcta sin jamás perdernos, no hay nada como acostumbrarse a ver este mundo como un lugar de penitencia; por tanto, por así decirlo, como un centro penitenciario, a penal colony.

Todo hombre que se ha despertado de los primeros ensueños de la juventud, que tiene en cuenta su propia experiencia y la de los demás, que ha estudiado la historia del pasado y la de su época, si es que indesarraigables preocupaciones no le trastornan la razón, concluirá por llegar a reconocer que este mundo de los hombres es el reino del azar y del error, los cuales lo dominan y gobiernan a su antojo, sin piedad ninguna, ayudados por la locura y la malicia, que no cesan de blandir su látigo.

Por eso, lo mejor que hay entre los hombres no se abre paso sino a través de mil penalidades. Toda aspiración noble y cuerda difícilmente halla ocasión de manifestarse, de obrar, de dejarse oír, al paso que lo absurdo y lo falso en el dominio de las ideas, la chabacanería y la vulgaridad en las regiones del arte, la malicia y la astucia en la vida práctica, reinan sin mezcla y casi sin discontinuidad. No hay pensamiento ni obra excelentes que no sean una excepción, un caso imprevisto, extraño, inaudito, eternamente aislado, como un aerolito, producido por otro orden de cosas del que nos rige.

A un ser de voluntad tan pecaminosa, de inteligencia tan limitada y de cuerpo tan endeble y vulnerable como el hombre no me parece que el concepto de dignidad se le pueda aplicar más que irónicamente.

¿De dónde tomó Dante el modelo para su infierno sino de este nuestro mundo real? Y es que este ha llegado a ser un auténtico infierno. Por el contrario, cuando se enfrentó a la tarea de reflejar el cielo y sus dichas se encontró ante una dificultad insuperable, precisamente porque nuestro mundo no le proporcionaba material alguno para cosa semejante.

El mundo es el infierno, y los hombres son a la vez las almas atormentadas y los demonios que lo habitan. El infierno del mundo supera al infierno del Dante en que cada cual es diablo para su prójimo. Hay también un archidiablo, superior a todos los demás, y es el conquistador que pone centenares de miles de hombres unos frente a otros, y les grita: "Sufrid: morir es vuestro destino; así, pues, ¡fusilaos, cañoneaos los unos a los otros!". Y lo hacen.

Lo que ocupa a todos los vivos y los tiene sin aliento es la necesidad de asegurar la existencia. Una vez hecho esto, ya no se sabe qué hacer.

A ese embotamiento del espíritu se debe el vacío interior impreso en innumerables rostros, que se revela también en la constante atención a todo lo que sucede alrededor, incluso a los sucesos más insignificantes, y cuya verdadera causa está en el tedio, que empuja a una permanente y ávida búsqueda de estímulos externos a fin de mantener activos el espíritu y el ánimo con cualquier cosa... Dicho vacío interior es el origen principal de la búsqueda de compañía, de distracciones, de placeres y lujos de todo tipo, que a muchos conducen a la prodigalidad primero, y después a la miseria.

Lo que hace sociables a los hombres es su incapacidad para soportar la soledad y, con ella, a sí mismos. Es el hastío y el vacío interior lo que los empuja a buscar compañía y a emprender viajes.

El hastío no es un mal despreciable; ¡qué desesperación concluye por pintar en el rostro! Él es quien hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí, se busquen, sin embargo, unos a otros tan locamente: es la fuente del instinto social. El estado lo considera como una calamidad pública, y por prudencia toma medidas para combatirlo.

El panteísmo es necesariamente optimista, y por lo tanto falso.

Un Dios crea un ser de la nada, le impone prohibiciones y mandatos, y, porque no los cumple, lo martiriza por toda la eternidad con todas las torturas imaginables, para lo cual une indisociablemente el cuerpo y el alma (San Agustín, La ciudad de Dios, lib. 13, cap. 2, cap. 11 y cap. 24) a fin de que ese ser ya no pueda ser destruido por los tormentos y así escapar a ellos, sino que viva eternamente para ser eternamente castigado: este pobre hombre proveniente de la nada tiene derecho, cuando menos, a su nada originaria, a una última retraite (refugio) que en ningún caso puede ser muy mala y que debería estarle asegurada por el Derecho en calidad de propiedad adquirida por herencia. Al menos yo no puedo evitar simpatizar con él.

Si Dios ha hecho este mundo, yo no quisiera ser Dios. La miseria del mundo me desgarraría el corazón.

Si nos imaginamos la existencia de un demonio creador, hay derecho a gritarle, enseñándole su creación: "¿Cómo te has atrevido a interrumpir el sacro reposo de la nada, para hacer surgir tal masa de desdichas y de angustias?"

Si se considera la vida bajo el aspecto de su valor objetivo, es dudoso que sea preferible a la nada. Hasta diré que si se pudiera dejar oír la experiencia y la reflexión, alzarían su voz en favor de la nada. Si se golpease en las losas de los sepulcros para preguntar a los muertos si quieren resucitar, moverían la cabeza negativamente. Tal es también la opinión de Sócrates en la apología de Platón. Y hasta el simpático y alegre Voltaire no puede menos de decir. "Gusta la vida, pero la nada no deja de tener algo bueno"; y añade: "No sé qué es la vida eterna, pero esta vida es una broma pesada".

Ése es el estado libre de dolores que celebraba Epicuro como el mayor de los bienes todos, como la felicidad de los dioses; porque entonces nos vemos por un instante manumitidos de la abrumadora opresión de la voluntad, celebramos la fiesta después de los trabajos forzados del querer, se detiene la rueda de Ixión... ¿Qué importa entonces ver la puesta del sol desde el balcón de un palacio o a través de las rejas de una cárcel?

Quien desee juzgar sobre la religión no debe perder de vista en ningún momento cuál es la índole de la gran masa a la que está destinada, es decir, ha de tener presente toda su bajeza moral e intelectual.

La religión católica es una institución para mendigar el cielo, que sería demasiado incómodo merecer. Los clérigos son los intermediarios de esta mendicidad.

Las religiones son necesarias al pueblo, y hasta resultan para él un beneficio. Hasta cuando pretenden oponerse a los progresos humanos en el conocimiento de la verdad, hay que echarlas a un lado, con todos los miramientos posible. Pero pedir que un gran ingenio, un Goethe, un Shakespeare, acepte por convencimiento los dogmas de una religión cualquiera, es pedir que un gigante calce los zapatos de un enano.

En realidad, toda religión positiva es la usurpadora del trono que pertenece a la filosofía. Por eso los filósofos siempre serán hostiles a la religión, aun cuando debieran considerarla como un mal necesario, unas muletas para la debilidad morbosa del espíritu de la mayor parte de los hombres.

En la nueva filosofía, Dios representa el papel de los últimos reyes francos bajo los mayordomos de palacio. No es más que un hombre que se conserva para mayor provecho y comodidad, a fin de introducirse con más facilidad en el mundo.

Todas las mujeres, salvo raras excepciones, son dadas al derroche. Por ello, todo patrimonio -a excepción de los pocos casos en que lo han adquirido ellas mismas- debe estar protegido contra su necedad. Precisamente por eso soy de la opinión de que las mujeres nunca deberían adquirir la plena mayoría de edad, sino que siempre deberían permanecer bajo una efectiva vigilancia masculina, sea la del padre, la del esposo, la del hijo o la del Estado, como sucede en la India.

La naturaleza no ha dado a la mujer más que el disimula para defenderse y protegerse. Esta facultad suple a la fuerza que el hombre toma del vigor de sus miembros y de su razón. El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera.

Los hombres son naturalmente indiferentes entre sí, las mujeres son enemigas por naturaleza. esto debe depender de que el odium figulinum, la rivalidad, que está restringida entre los hombres a los de cada oficio, abarca en las mujeres a toda la especie, porque todas ellas no tienen más que un mismo oficio y un mismo negocio. Basta que se encuentren en la calle, para que crucen miradas de güelfos y gibelinos.

El honor de las mujeres, lo mismo que el honor de los hombres, es un espíritu de cuerpo bien entendido. En la vida de las mujeres, las relaciones sexuales son el gran negocio. El honor consiste para una joven soltera en la confianza que inspire su inocencia, y para una mujer casada, en la fidelidad que tenga a su marido. Las mujeres esperan y exigen de los hombres todo lo que ellas necesitan y apetecen. El hombre, en el fondo, no exige de la mujer más que una sola cosa. Así, pues, las mujeres tienen que amañárselas de tal modo que los hombres no puedan obtener de ellas esa cosa única sino a cambio de encargarse de ellas y de los hijos futuros.

Por eso marchan como una sola mujer, en apretadas filas, al encuentro del ejército de los hombres, quienes, gracias al predominio físico e intelectual, poseen todos los bienes terrenales. El hombre: he ahí el enemigo común que se trata de vencer y conquistar, a fin de llegar con esta victoria a poseer los bienes de la tierra. La primera máxima del honor femenino ha sido pues, que es preciso rehusar sin misericordia al hombre todo comercio ilegítimo, a fin de obligarle al matrimonio como una especie de capitulación, único medio de proveer a toda la gente femenina.

Representaos la pareja más hermosa, la más encantadora: ¡cómo se atraen y repelen, se desean y se huyen con gracia, en un bello juego de amor! Llega el instante de la voluptuosidad: todo jugueteo, toda alegría graciosa y dulce han desaparecido de repente. La pareja se ha puesto seria. ¿Por qué? Porque la voluptuosidad es bestial, y la bestialidad no se ríe.

La forma de gobierno monárquica es la natural al hombre (...). Hasta el sistema planetario es monárquico. En cambio, el sistema republicano es tan antinatural para el hombre como desfavorable para la vida intelectual elevada, es decir, para las artes y las ciencias. Las repúblicas son fáciles de erigir, pero difíciles de mantener; a las monarquías les sucede justo lo contrario.

Quisiera aconsejar a mis sagaces compatriotas que, si en alguna ocasión volviesen a albergar el deseo de cantar durante treinta años como una mente superior a una cabeza del montón, no elijan encima para ello una fisonomía de tabernero, como era la de Hegel, en cuyo rostro la naturaleza escribió con la más clara de sus letras su por otra parte tan frecuente inscripción: "Hombre vulgar".

Al igual que un medicamento deja de hacer efecto y no logra su objetivo cuando la dosis es demasiado fuerte, así tampoco lo logran los sermones y críticas cuando exceden la medida de la justicia.

Algo muy propio de un judío -y más absurdo y aborrecible todavía que su panteísmo- es su desprecio de los animales, de los que dice que carecen de derechos y que son meros objetos para nuestro uso.

La vida es la expiación de la culpa contraída con el nacimiento.
La vida es un negocio cuyos ingresos no alcanzan, ni de lejos, a cubrir los gastos.
La vida no es en modo alguno un regalo para nuestro disfrute, sino que más bien se asemeja a una penosa tarea que hay que realizar.
Cada vida humana, considerada en su conjunto, presenta los rasgos de una tragedia. Vemos que la vida, por lo general, no es más que una serie de esperanzas defraudadas, proyectos frustrados y errores advertidos cuando es ya demasiado tarde.
Pero si se recorre en detalle, tiene el carácter de una comedia. El modo de vivir, el tormento del día, el incesante arrumaco del momento, los deseos y los temores de la semana, las desgracias de cada hora, bajo el azar que trata siempre de chasquearnos, son otras tantas escenas de comedia.

La muerte es el genio inspirado, el Muságetas de la filosofía... Sin ella difícilmente se hubiera filosofado.

Los hombres se parecen a esos relojes a los que se les ha dado cuerda y andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas perceptibles.

Una vez que la muerte ha puesto término a una conciencia individual, ¿sería deseable que esta misma conciencia se concediese de nuevo para durar una eternidad? ¿Qué contiene la mayor parte de las veces? Nada más que un torrente de ideas pobres, estrechas, terrenales y cuidados sin cuento. Dejadla, pues, descansar en paz para siempre.

Si nuestra existencia no tiene por fin inmediato el dolor, puede afirmarse que no tiene ninguna razón de ser en el mundo. Porque es absurdo admitir que el dolor sin término que nace de la miseria inherente a la vida, y que llena el mundo, no sea más que un puro accidente y no su misma finalidad. Cierto es que cada desdicha particular parece una excepción, pero la desdicha general es la regla.

En general, toda inconsecuencia, toda imprevisión, todo acto contrario a nuestros proyectos, a nuestros principios, a nuestros convencionalismos de cualquiera especie, y hasta toda indiscreción, toda torpeza, toda bobada, dejan tras de sí un gusano que nos roe en silencio, una espina clavada en el corazón. Muchas gentes se asombrarían si viesen de qué elementos se compone esta conciencia de la cual se forma una idea tan grandiosa. Un quinto de temor a los hombres, un quinto de temores religiosos, un quinto de preocupaciones, un quinto de vanidad y un quinto de costumbre: eso es todo. Tanto valdría decir como aquel inglés: "No soy bastante rico para comprarme una conciencia".

El estado no es más que el bozal que tiene por objeto volver inofensivo a ese animal carnicero, el hombre, y hacer de suerte que tenga el aspecto de un herbívoro.

El hombre es en el fondo un animal salvaje, una fiera. No le conocemos sino domado, enjaulado en ese estado que de llama civilización. Por eso retrocederemos con terror ante las explosiones accidentales de su maturaleza. Que caigan, no importa cómo, los cerrojos y las cadenas del orden legal, que estalle la anarquía, y entonces se verá lo que es el hombre.

La organización de la sociedad humana oscila como un péndulo entre dos extremos, dos polos, dos males opuestos: el despotismo y la anarquía. En primer término, los golpes del despotismo no existen sino en estado de posibilidad, y cuando se manifiestan con hechos, no alcanzan más que a un hombre entre millones de hombres. En cuanto a la anarquía, son inseparables la posibilidad y la realidad: sus golpes alcanzan a cada ciudadano todos los días.

La especie humana está para siempre y por naturaleza condenada al sufrimiento y a la ruina. Aun cuando con ayuda del estado y de la historia se pudiesen remediar la injusticia y la miseria, hasta el punto de que la tierra se convirtiera en una especie de Jauja, los hombres llegarían a pelearse por aburrimiento, a precipitarse unos contra otros, o bien el exceso de población traería consigo el hambre, y ésta los destruiría.

Es raro que un hombre reconozca toda su espantosa malicia en el espejo de sus actos.
¿Pensáis de veras que Robespierre, o Bonaparte, o el emperador de Marruecos, o los asesinos que suben al patíbulo, son los únicos malos entre todos los hombres?¿No veis que muchos harían otro tanto si pudiesen?

Nuestro mundo civilizado no es más que una gran mascarada. Encuéntranse allí caballeros, frailes, soldados, doctores, abogados, sacerdotes, filósofos, y no sé qué más aún. Pero no son lo que representan; son simples máscaras, bajo cuyos disfraces se ocultan la mayoría de las veces buscadores de dinero. Éste se pone la careta de la justicia y del derecho, con ayuda de un abogado, para ofender mejor a su semejante; el otro, con el mismo fin, ha elegido el antifaz del bien público y del patriotismo; el de más allá el de la religión, de la fe inmaculada. Para toda clase de fines secretos, más de uno se ha ocultado bajo el disfraz de la filosofía, como también de la filantropía... Las mujeres tienen menos donde escoger. La mayoría de las veces se ponen la careta de la virtud, del pudor, de la inocencia, de la modestia.

Desde este punto de vista, la única clase honrada es la de los comerciantes, únicos que se presentan como son y andan a cara descubierta. Por eso los han puesto en lo más bajo de la escala.

El médico ve al hombre en toda su debilidad; el jurisconsulto en toda su perversidad; el teólogo en toda su necedad.

La urbanidad es prudencia, la descortesía es una estupidez. Crearse enemigos tan inútilmente y con tanta ligereza es un delirio, como prender fuego a su propia casa. La cortesía es, como las fichas de juego, una moneda notoriamente falsa. Ser económico de esta moneda es carecer de talento; por el contrario, prodigarla es dar prueba de sentido común.

Nuestra confianza con los hombres no tiene muchísimas veces más causas que la pereza, el egoísmo y la vanidad. La pereza, cuando el hastío de reflexionar, de vigilar, de obrar, nos induce a confiarnos a alguien. El egoísmo, cuando la necesidad de hablar de nuestros asuntos nos incita a hacer confidencias. La vanidad, cuando tenemos algo ventajoso que decir referente a nosotros mismos. No por eso exigimos menos que se nos agradezca nuestra confianza.

"Ni amar ni odiar" es la mitad de la prudencia humana. "No decir nada ni creer nada" es la otra mitad. Pero ¡con qué placer se vuelve la espalda a un mundo que exige semejante cordura!

Los amigos se dicen sinceros;¡ los enemigos sí que lo son! Por eso debiera tomarse la crítica de éstos como una medicina amarga, y aprender por ellos a conocerse uno mejor.

El hombre vano debiera saber que la elevada opinión de los demás, objeto de sus esfuerzos, se obtiene mucho más fácilmente con un silencio continuo que con la palabra, aun cuando se tuvieran las más bellas cosas que decir.

La naturaleza es lo más aristocrático del mundo. Todas las diferencias que establecen entre los hombres la alcurnia y la riqueza en Europa o las castas en la India son una futesa en comparación de la distancia que la naturaleza ha fijado irrevocablemente desde el punto de vista moral e intelectual. En la aristocracia de la naturaleza, como en las otras aristocracias, hay diez mil plebeyos por un noble y millones por un príncipe. La gran multitud es el montón, el populacho. Por eso, dicho sea de paso, los patricios y los nobles de la naturaleza debieran mezclarse tan poco con el populacho como los de los estados, y vivir tanto más separados e inabordables cuanto más altos.

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