septiembre 06, 2011

JARMILA: ERNST WEISS

Cuando hace un año, en otoño, quise viajar de París a Praga, me di cuenta en el coche, cerca de la estación, de que me había olvidado el reloj en casa, debajo de la almohada. Detuve el automóvil y busqué una relojería con la intención de comprarme un reloj barato de níquel. Por allí solo había una tienda grande de precio único. En ella se exponían relojes muy vistosos que no costaban más de treinta y cinco francos. Compré uno de aquellos aparatos y durante el viaje, considerablemente largo, observé su marcha. Al principio el chisme, en un lapso de once horas, atrasó un cuarto de hora, pero luego galopó hasta adelantar media hora en las trece horas siguientes. Sin embargo, tan pronto como llegué a Praga, al comparar el mío con el gran reloj de la estación, vi que, a pesar de todo, marcaba casi la hora exacta. Me fui a un hotel. Tenía tiempo. Bajé a dar un paseo, por los muelles del Moldava. Los puentes que cruzan el río tranquilo, de color pizarra, surcado tan solo por unos pocos barcos pequeños de pescadores pintados de un marrón cenagoso, son de una belleza indescriptible, tanto los viejos como los nuevos.

Habría podido tirar mi reloj desde el puente y estuve tentado de hacerlo. Pero no solo lo conservé, sino que, haciéndome entender con gestos, lo confié al dueño de una pequeña relojería en la orilla izquierda del río. Me lo arregló en pocas horas por treinta y nueve coronas... Bueno, arreglado de tal manera que a partir de entonces, completamente a su antojo, aquella máquina andaba a trompicones hacia delante y se obstinaba maliciosamente en atrasar, igual que una criatura testaruda que, durante un paseo, se deja arrastrar por sus pacientes padres, pero de vez en cuando les tira de la mano hasta soltarse para correr detrás de otros niños o de un perro o para precipitarse hacia el escaparate de una juguetería. Y así como me encantan, me fascinan y me pueden tomar el pelo los niños de cualquier edad y los perros de cualquier raza, así también me divertía el reloj, esa maravilla de la técnica moderna, producto de una eficiente industria de la producción en serie.

Lo cierto es que debí guiarme por él. Naturalmente me defraudó y por su culpa llegué tarde a una importante entrevista que había concertado telefónicamente desde París con un corresponsal en un café de la plaza Wenceslao. Me proponía comprarle a este agente treinta toneladas de manzanas de Bohemia de calidad mediana, y contaba ya con la comisión para pagar una deuda urgente en París.

Ya muy avanzada la tarde estaba sentado ante la tercera taza de café en la terraza de la cafetería que ocupaba el primer piso de un suntuoso edificio. El sol relucía aún con bastante fuerza sobre el monumento de San Wenceslao, frente al museo, donde el santo héroe está rodeado por una serie de magníficos caballos armados y otros tantos caballeros de bronce. Ahora los rayos oblicuos del atardecer se proyectaban sobre las ancas tersas de uno de los caballos del monumento erguido en su inmóvil magnificencia y con los ojos dirigidos hacia la plaza que, repleta de gente, ascendía en suave inclinación.

Al borde de la calle atestada de gente, de tranvías y automóviles (la plaza de San Wenceslao) no es en realidad sino una ancha y magnífica avenida que no tiene igual en Europa), se apretujaban los vendedores callejeros con la mercancía extendida delante de ellos, sobre el adoquinado o amontonada sobre pequeños tablones en las entradas de las casas. Había vendedores ambulantes con magníficas manzanas de todas las clases (no de calidad mediana), pero también había quien ofrecía espejos sin marco, delgados peines de hojalata, quesos de montaña eslovacos, rojos por fuera y de color miel por dentro, corbatas bien cosidas y a bajo precio, naranjas, plátanos, labores de encaje, bordados multicolores al estilo campesino y toda suerte de mercancías baratas. Como es lógico, eran los niños quienes más se detenían y querían convencer a sus padres para que les compraran algo y desde mi terraza vi incluso a niños muy bien vestidos, con guantes blancos, tirar de la mano de sus madres o institutrices.

En el portal de una casa, justo frente a mí, vi a un vendedor callejero todavía joven, de rostro hermosamente tallado, aunque algo ceñudo. Tenía ante sí, en el suelo, una tabla de madera pulida sobre la que se movían, entremezclándose, un montón de pajarillos artificiales que correteaban y picoteaban impulsados por un mecanismo interno, con los movimientos bruscos característicos de las gallinas. Eran sin duda de madera, pero ese material desaparecía bajo el plumaje artificial, un fino plumón encolado, blanco, amarillo chillón y negro. La mayor parte del tiempo el vendedor andaba perdido en sus pensamientos, y cuando algún niño se le acercaba, dejaba, benévolo, que examinara el juguete, porque los niños quieren saber con exactitud lo que ocurre en el interior de sus juguetes. Y él les sonreía incluso cuando se alejaban con gesto tímido sin haber comprado.

De vez en cuando enderezaba uno de los pajarillos que se había caído sin apartar nunca su mirada de la calle. Probablemente tenía miedo de que algún policía lo detuviera por venta ilegal. A veces ponía la mano debajo del pecho de uno de los pajaritos y hacía girar algún pequeño resorte oculto. El animal se movía de nuevo, daba vueltas correteando con sus movimientos angulosos y picoteando el suelo con su pico amarillo encolado, como si estuviese buscando algo. El sol se estaba poniendo. Hacía rato que el resplandor se había trasladado de la opulenta grupa del caballo de San Wenceslao al cuello curvado como el de un cisne. No tenía sentido continuar esperando a mi corresponsal. Mi reloj nuevo marcaba una hora disparatada.

Cuando volví a mirar la calle, la mayoría de los pajarillos ya habían sido vendidos. Solo cinco o seis seguían con su juego. Pero ahora, de pronto, el hombre los recogió, los envolvió en un paño donde continuaron con sus sacudidas, se puso la tabla de madera bajo el brazo y echó a andar. Pero yo no vi a ningún policía que lo obligase a huir, y los demás vendedores ilegales continuaron trabajando con toda tranquilidad.

¿De quién había huido el vendedor de pájaros?¿No sería de ese hombre gordo, de espalda abombada, ya canoso, con su abrigo de color de rata y su digno sombrero de bombín negro en la cabeza, que se aproximaba caminando entre un hermoso chiquillo de unos diez años y una mujer de cabello leonado que miraba ante sí con expresión algo huraña, tocada con un sombrero de antes de la guerra? Estos tres personajes caminaban plaza Venceslao arriba sin hablarse y, por lo que a mí me pareció, sin tener una idea precisa del efecto ahuyentador que producían. Desaparecieron en el parque, detrás del museo.

Se encendieron los faroles: una visión mágica sobre la plaza que ascendía en suave pendiente. Estaba cansado y me marché. Mi reloj dejaba oír su tictac. Era lo único que sabía hacer. ¡Y yo que había confiado en él! (...).

Me senté en un rincón vacío y pedí cerveza y jamón de Praga. Quería partir al día siguiente... ¿Y marcharme de Praga sin haber conocido el jamón? No. Pero no conseguí hacerme entender por la camarera. El vendedor de juguetes, que durante todo el tiempo me había seguido con sus ojos desiguales, de un gris acerado, acudió en mi ayuda. Habló conmigo en un alemán no demasiado puro, pero fluido. Había jamón, crudo, ahumado, caliente o frío, con rábanos picantes, cocido en vino, cortado en trozos pequeños y asado al horno con pasta fina en un molde, metido como relleno en una tortilla, frito con huevos en la sartén, con guarnición de macarrones, o con pepinillos..., ¿qué sé yo? Pedí algo sin tener verdadera hambre y con gusto habría invitado al vendedor de juguetes a una cerveza. La había de tres clases. En primer lugar la clara, trigueña, luego la de color tostado, y finalmente una cerveza pesada y compacta, casi negra. Recordé que, en mi niñez, a las amas de cría se les daba de beber esta negra poción para que tuvieran más leche. ¿Era dulce o tenía el sabor amargo de la Stout inglesa?¿A quién habría podido preguntárselo?

Salimos a la plaza, casi desierta a esa hora tan avanzada de la noche. Llovía, pero muy ligeramente. Los enormes caballos de acero que rodeaban la estatua de San Wenceslao brillaban de un modo espléndido bajo la lluvia y a la luz de una lámpara de arco se reflejaba el bruñido cuello de uno de los corceles y la grupa del otro, lo mismo que por la tarde, una tarde que ahora me parecía ya desvanecida en la lejanía... Pasaban automóviles. Iba a llamar a uno, pero desistí ante la mirada centelleante, ávida, sedienta y sin embargo suplicante del vendedor. La taberna se cerró detrás de nosotros. Fuimos bajando por la plaza.

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