octubre 20, 2010

UN SUEÑO DE CICERÓN

Pues lo que siempre se mueve es eterno. Lo que transmite el movimiento que recibe de fuera, cesa de vivir necesariamente cuando cesa el movimiento. Sólo, por tanto, lo que se mueve a sí mismo, no deja nunca de moverse, porque nunca se abandona a sí mismo. Él es el origen y el principio del movimiento de los otros seres. Lo que es principio no puede tener origen, porque todo procede del principio, y él no puede nacer de ninguno. No sería principio lo que procediera de otro elemento. Y si nunca nace, tampoco perece nunca, porque un principio que quedara extinguido no podría renacer de otro, ni crear de sí otro, puesto que es necesario que todo proceda de un principio. Es, pues, necesario que el principio del movimiento sea un ser que se mueve a sí mismo, y este ser no puede ni nacer ni morir. O bien será necesario que todo el cielo se derrumbe, y toda la creación se pare; y no consiga fuerza alguna para recomenzar su movimiento.

Puesto que es manifiesto que lo que se mueve a sí mismo es eterno, ¿quién podrá negar que las almas están dotadas de esa naturaleza? Lo que es movido por un impulso externo, carece de alma. Y lo que está animado, recibe un impulso interior y suyo propio. Tal es, pues, la naturaleza y la forma propia del alma. Y si de entre todas las cosas ella es la única que se mueve a sí misma, no ha tenido ciertamente nacimiento y no tendrá tampoco fin.

Aplícala, pues, a las más bellas empresas. Ahora bien, la más bella ocupación es la que busca la salvación de la patria. Un alma movida y ejercitada por estas ocupaciones se elevará de un vuelo rápido a esta mansión y morada. Y esto lo hará antes, si ya cuando estaba contenida en el cuerpo tendía a la contemplación de las cosas que no son de este mundo y se abstrae lo más posible del cuerpo. Y las almas de los que se entregaron a los placeres de los sentidos, y se han hecho en cierta manera sus servidores, y movidos por el impulso de la concupiscencia que obedecen a la sensibilidad, violaron los derechos divinos y humanos, cuando han salido del cuerpo van dando vueltas alrededor de la tierra, y no vienen a este lugar, sino después de verse atormentadas durante muchos siglos: “El Africano se marchó y yo me desperté del sueño”.


(Últimos fragmentos de “Sobre la República” de Marco Tulio Cicerón)

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