diciembre 22, 2016

SOCIEDADES VIOLENTAS

LA MODERNIDAD INCONCLUSA

¿Y qué puede decirse en este sentido? Al menos cabría esperar que los progresos técnicos y sociales en Occidente en los últimos siglos consintieran el optimismo. Ahí están, por ejemplo, los avances científicos que favorecieron una vida más prolongada y cómoda, y mayores riquezas. Y ahí los principios de la modernidad ilustrada y el florecimiento del humanismo como afianzamiento del concepto de dignidad de hombres y mujeres. En fin, es imposible desconocer ideas consagradas como la autodeterminación moral y política de las personas, la superación de las desigualdades, la libertad, la educación como medio de conocimiento, la importancia de la naturaleza, los Derechos Humanos. Otra cosa es si estos pronunciamientos y el intento de practicarlos forjaron sociedades más pacíficas.

Los historiadores coinciden en su visión crítica. Basta con citar algunos. Eric Hobsbawn indica que en el curso del siglo XX, cuyo inicio sitúa en 1914, se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período de la historia. Hobsbawn también menciona que los casi seis mil millones de habitantes que alberga el planeta triplican la población existente antes de iniciar la primera guerra mundial. Aun así, las guerras libradas en este siglo han tenido mayor poder destructivo de la vida que cualquier otra. Los avances tecnológicos sobre la naturaleza ya empiezan a acarrear consecuencias medioambientales severas. Y las desigualdades económicas, la pobreza y el hambre —¿otras formas de violencia?— son flagrantes cuando, a diferencia del pasado, la capacidad productiva permitiría satisfacer las necesidades de toda la especie.



UN MODELO DE VIDA VIOLENTO

Sanmartín afirma con rotundidad que el estilo de vida occidental fomenta el surgimiento de la violencia en múltiples modalidades. En muchas ocasiones la agresión puede partir de un estrés mal controlado porque la persona carece de las habilidades inhibitorias necesarias, alude. Y esto es común en sociedades altamente competitivas. Vemos al otro casi como un enemigo con el que es muy difícil empatizar y no como alguien al que hay que ayudar y al que debemos respetar porque es un igual en cuya piel debemos ponernos. A esas exigencias culturales, dice, hay que sumar las grandes dosis de frialdad que congelan la expresión de las emociones, sobre todo entre hombres.

Los rasgos que caracterizan nuestra forma de vida van ligados a la búsqueda del placer rehuyendo el esfuerzo, señala el investigador. Esta gratificación que se supone inmediata e impostergable conduce a todos, más o menos, por la senda del egoísmo. Y por aquí parece imposible conjugar los deseos y creencias generales. Su conclusión: Si las causas son, en general, socioculturales, la violencia es evitable, al menos teóricamente.

Si es así, muchas de estas actitudes conforman menos un destino inscrito en la biología que el resultado de intereses específicos, por un lado, y demasiadas prácticas asumidas como inalterables, por otro. Intereses económicos entre las naciones y entre los individuos alentados, por ejemplo, por el fundamentalismo del dinero. Las guerras constituyen el mercado idóneo para comprar y vender armas, ilustra Sanmartín. Y hay más: El crimen organizado, el narcotráfico, el tráfico de personas, la explotación sexual.

A lo mejor alcance con mirar alrededor para descubrir el germen de cuantiosas situaciones violentas, más humanas que animales. Actitudes cargadas de odio y veladas por un manto de naturalidad. Sin ir más lejos, la ansiedad por lucrar, el interés económico como baremo incontestable de la vida.

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