August 11, 2015

EL AMOR GROSERO DE JORGICO

Basto, tosco; persona que no observa el decoro, ni sigue las reglas de urbanidad; patán que se conduce impertinentemente; sujeto ordinario y descortés. Tiene su etimología en la voz latina grossus, cosa de mucho espesor. Empezó a utilizarse como insulto a mediados del siglo XV, en que se superpone al significado primitivo de gordura o grosor, abundándose en el sentido figurado de torpeza, tosquedad. En su Cancionero, Juan del Encina (finales siglo XV) pone en boca del pastor Mingo, las siguientes consideraciones:

Es tan fuerte zagalejo,
miafé, Menga, el amorío
que con su gran poderío
haza mudar el pellejo,
haza tornar moço al viejo,
y al grossero muy polido...

Las coplas de Canta, Jorgico, canta, del mismo siglo, el autor pone en boca de cierta dama la siguiente estrofa:

(...) Jorge, no seas grosero,
pues que ves cuánto te quiero (...).
Yo creo que estás sin seso,
o que estás de amor compreso;
tienes mi corazón preso
desde el culo a la garganta.

Más grosera resulta la dama que el pobre Jorgico, que no se atreve a entrar al trapo de tan calentona señora. Coetáneamente, Rodrigo Cota, en su Diálogo entre el Amor y un viejo, pone en boca de Amor el siguiente parlamento:

Al rudo hago discreto,
al grosero, muy polido,
desenvuelto al encogido,
y al invirtuoso neto..

En el Galateo Español, manual de urbanidad escrito por Gracián Dantisco en 1582, se dice: "...se debe desechar el término grosero y descuidado que podría causar odio y mala voluntad y desprecio". Gonzalo Correas, en su Vocabulario, (s. XVII) dice de quienes inmigran a Madrid: "Muchos entran en la Corte que la Corte no entra en ellos, y si van toscos vuelven groseros".
Covarrubias le da, en su Tesoro de la Lengua, el sentido moderno:

Grosero vale tanto como rústico, poco cortesano, cuando se dize del hombre o de su razonar y conversar. (...) Aquello que está hecho sin pulicía, talle ni arte; díxose de graso, que vale gordo y gruesso...

Agustín Moreto, (siglo XVII) pone esto en boca de una mujer:

Yo, por soberbio os tenía,
más no os juzgaba grosero.

Unas décadas después, Pedro Calderón de la Barca, en Para vencer a amor, querer vencerlo, pone en boca de una dama este aluvión de improperios:

No diré tal, vive Dios,
sino que sóis un grosero,
un atrevido, un villano,
necio, loco, altivo y vano,
ingrato y mal caballero...

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